por Alejandra Méndez 

“Vivir para sobrevivir mata de raíz la libertad, y son una aplastante mayoría de los humanos los que, en la historia, sólo han podido vivir para sobrevivir” Edgar Morín.

 

De pequeña, en mi mestiza y clase mediera formación, estuve influida por las difusiones abstractas de la noción adulta de libertad. “La libertad”. Durante mis años púberes no me cuestioné mucho el tema -había cosas más importantes para mi pensamiento-. Creía tener pleno entendimiento acerca de la libertad, consistía: en esa naturaleza, planteada como inherente a la existencia humana, que dota al ser de algún tipo de autonomía con respecto al rumbo de su propia existencia.

Ahora, pienso: el hecho que yo pueda invertir mi tiempo y esfuerzos en cuestiones imaginativas que van más allá de mi sobrevivencia cotidiana, no lo debo a mi facultad de humana libre, sino más bien al azar de haber sido socialmente situada en una condición que me ha facilitado una realidad que me permite disponer de mi tiempo para la contemplación de dichas reflexiones… Me parece que hay una noción deshumanizada de lo que la libertad significa y cómo se concretiza.

 

La Señora Lluvia. (Autora: Celeste Mayorga).

La Señora Lluvia. (Autora: Celeste Mayorga).

Si la libertad es derecho universal ¿por qué unxs cuentan con más libertad de enriquecer su capital que otrxs? ¿Por qué yo cuento con más libertad que las personas que trabajan jornadas de 12 horas por un salario indignante? ¿Por qué el derecho de “libre expresión” de las personas de las ciudades atrae más atención que el de las personas que viven en las periferias?

¿Por qué en los países del Norte se encuentra la libertad de discutir sobre la calidad de vida mientras en los países del Sur la libertad se limita a discutir, en cambio, sobre la posibilidad de vida?

Las posibilidades de libertad de movimiento, acción y gozo están muy desigualmente repartidas. Esa aplicación desigual del derecho de libertad me llevó a concluir que, como todo lo demás, la libertad no escapa a la lógica humana de la organización social del mundo.

Las primeras contemplaciones con respecto a la existencia de la libertad se dieron en el ámbito filosófico (masculino ya que se sigue excluyendo la producción de conocimiento de las mujeres) la dibujan precisamente como esa facultad condicionada por la percepción y el reconocimiento del YO que justifica y reivindica la tendencia antropocéntrica y androcéntrica. Ninguno concebía la libertad como una situación pragmática.

Me desplacé hacia otras esferas disciplinares en donde la libertad tomaba una existencia concreta y palpable: desde el concepto económico formal la libertad radica en la elección “racional” de los medios/productos que sean competentes para satisfacer mi necesidad, sea ésta biológica o creada. Esto provoca la necesidad de vender cualquiera de nuestras facultades para que en el intercambio, podamos adquirir dichos medios. De no contar con el recurso monetario para pagar nuestros servicios y productos básicos el sistema financiero nos da la bienvenida a la economía de la deuda que, parafraseando a Federicci, crea un sentido de culpa que en lugar nos aleja de los recursos que nos provean autonomía.

El problema de la libertad, en un mundo donde casi todo tiene o puede tener un precio monetario, es que no puede ser comprada por la gran mayoría de nosotrxs.

Bien conocemos las restricciones a la libertad creada por las fronteras imaginaras que nos condicionan como migrantes indeseados, lo cual nos hace ceder no solo nuestra libertad sino nuestra legitimidad como seres sensibles y sensitivxs. También conocemos las restricciones al acceso de “consumo libre”, los márgenes sociales que intentan suprimir la libertad de orientación sexual; nos percatamos de las mutilaciones que el sistema educativo hace a nuestras potencialidades imaginativas, intelectuales, espirituales y civiles. Nos familiarizamos con las condenas hacia la libertad de elegir abortar, de elegir morir, de elegir desnudarnos, de elegir priorizar en nosotrxs, de elegir oponerse.

DE C O N S T R U I R. (Autora: Celeste Mayorga)

DE C O N S T R U I R. (Autora: Celeste Mayorga)

La libertad no está limitada sólo por los factores y situaciones que delinean las posibilidades para elegir. Estas posibilidades de elección y sus opciones están, la mayoría de ellas, diseñadas para manipular las tendencias. A éste respecto es sensato admitir que la idea de que la libertad es eso “ilimitado” que nos permitiría ser lo que quisiéramos, cuando quisiéramos y como lo quisiéramos es una idea muy romantizada a la cual ya he renunciado.

Si la libertad es la acción de decidir, debemos tomar en cuenta que existen factores externos (estructura/contexto socio-político, momento histórico, ambiente ecológico, crianza y cultura) e internos (bio-química, psicología, genética, anatomía) que nos determinan y que dividen las imaginarias fronteras de nuestra acción de elección. Entonces la libertad es la acción de decidir dentro de los márgenes que nos constriñen y predisponen las alternativas tal decisión.

Pero más allá de provocar fatalismo por digerir tan cruda realidad, ésta debe inspirarnos a cuestionar las formas en las que podemos construir nuestra libertad dentro de la membrana que nos rodea (desde el propio cuerpo, desde la plena introspección cotidiana, desde la rutina). Si la libertad no se encuentra en las alternativas pre-establecidas –ya sea por la cultura, por la condición física, por la posibilidad económica– seguro hemos de encontrarla entonces en la desobediencia. Y por desobediencia me refiero al ejercicio crítico de lo que parece normalizado, de lo que pasa desapercibido, del trasfondo.

Me refiero a la práctica de cuestionar lo que se da por sentado, lo que es “porque así es y así son las cosas”. La posibilidad de desobediencia nos sitúa en un área inexplorada, riesgosa, sí, y evidentemente prohibida en la cual podemos encontrar herramientas para la construcción e inspección de los límites de nuestra libertad para empujarlos y desplazarlos. Para caer en cuenta de que el reconocimiento de los límites, más que una restricción, supone una autoconciencia de estar limitadxs. Es como un ejercicio de resiliencia en el sentido de crear desde nuestras posibilidades con lo que se cuenta a disposición. Un ejercicio de resiliencia que incita a sobreponerse a las limitaciones impuestas por una cultura y sistema dominante, lo cual fortalecerá –o nos agotará física y mentalmente, dependiendo de cada persona– la resistencia.

La libertad como nos la han enseñado los medios de comunicación, como nos lo plantea románticamente la filosofía y como nuestras privilegiadas realidades la idealizan es irreal e injusta. La libertad está en lo que no nos hemos atrevido a explorar. Vale cuestionarnos ¿En qué medida el concepto occidental de libertad nos permite conformarnos con nuestras cómodas realidades y solapa, a manera de evitar la problematización de la misma, las injustas desigualdades de acceso material y pragmático a la libertad como autonomía?

Les dejo con la intriga…