Del porqué Arjona levanta pasiones no lo sabemos, pero levantarlas las levanta nos guste o no, y he aquí unas líneas de puño y letra de uno de sus coetáneos que nos da algunos argumentos.

por Estuardo Castro Celada

Si algo resulta innegable cuando uno habla de Arjona, es el hecho de que ha sido uno de los cantantes latinoamericanos más exitosos de todos los tiempos. Treinta y cinco Luna Parks*, récord en el estadio, algo de lo que hasta el mismo Fito Páez se muestra celoso. Pero no es sólo eso, es la forma en que consiguió su éxito; Arjona es un cantautor que viene de abajo, un auténtico mito de perseverancia y disciplinada formación callejera. Algunos aún lo recuerdan tocando en la calle Florida de Argentina, pidiendo dinero a cambio de sus canciones. También en su natal Guatemala, las historias de presentaciones universitarias o en una pequeña discoteca de moda en los ochenta, llamada Dash, abundan. Es que este animal raro, nacido de cuna humilde, en un lugar que para muchos es el culo del mundo, tiene todos los requisitos necesarios para ser el redentor de la trova latinoamericana. ¿Por qué entonces el encono de algunos con el bueno de Ricardo? Porque está claro también que, ante las hordas de seguidores, aparecen atrincherados aquellos que no lo toman en serio, que lo acusan de soso o de trillado, e incluso aquí, en su amada Guatemala, hasta de vende patrias, de traidor por creer que el nacionalismo se forma con una campaña de Pepsi. Pero no nos adelantemos, vayamos por su camino, como detectives salvajes, para descubrir el rastro de esto que la gente ha dado por denominar “El fenómeno Arjona”.

Repasemos entonces los hechos. Edgar Ricardo Arjona Morales, graduado de la escuela de Ciencias de la Comunicación de la universidad estatal de Guatemala, es un chico que contra todo pronóstico, se convirtió en un artista que ha vendido más de 30 millones de discos. Para un músico que viene de un país que considera como uno de sus mayores logros el haber sido creador de la cajita Feliz de McDonald’s, alcanzar las cuotas de éxito y de fama de Arjona, es completamente insólito y toda una hazaña. Tuvo que abrirse camino para llegar a espacios donde existiera la oportunidad de vender su música, cosa que en Guatemala jamás encontraría. Grabó un primer disco con mediano éxito y aprovechó una viaje a Argentina patrocinado por el Festival OTI de la canción, para escapar de su país y no volver. Viajó después a México, donde trabajó como asistente de producción atendiendo a los grandes y famosos, y después de años de dificultades para conseguir que lo firmaran, completó un disco que lo lanzó al estrellato. El resto es historia. Así que Arjona se pinta como todo un ícono del éxito alcanzado con esfuerzo y tenacidad.

Rescatemos, por otro lado, el hecho de que su primer éxito internacional es la canción La mujer que no soñé, que Eduardo Capetillo canta en la telenovela Alcanzar una estrella. Porque es importante señalar que Ricardo tuvo que vender sus canciones para sobrevivir, antes de convertirse él en el cantante de sus propias composiciones, pero que resulta no menos significativo el hecho de que sus melodías parecen estar impregnadas de una sustancia imprecisa que intoxica, que inyecta unas letras que no salen de la cabeza después de haber sido uno expuesto a ellas en apenas una ocasión. Me pasa a mí. Investigando para este artículo, leo en su biografía el título de una canción y no consigo sacármela de la cabeza por el resto del día. Y le pasa a millones de personas alrededor del mundo. Las canciones de Arjona tienen ese no sé qué que se le pega a las neuronas como chicle al zapato.

Es indiscutible además en Arjona la influencia de la Trova. De Silvio, de Serrat, de Sabina. Y hasta Charly sale por allí a lo mejor en sus momentos más rockeros. Lo que hizo Arjona con la Trova, lo supiera o no, fue empaquetarla y llevarla en la lata de Campbells a todas las casas de Iberoamérica. Silvio sin el comunismo. Sabina sin la coca. Historias cotidianas de pareja, amores, rompimientos, odas a la familia y críticas sociales, todas perfectamente esterilizadas para ser consumidas, sin mayores complicaciones, por una mayoría de mujeres y algunos hombres que perdieron, y continúan haciéndolo, completamente la cabeza por él. Nada de malo en hacer más accesible esta música a las masas y acercarlos, según él, a la intelectualidad latinoamericana (Arjona se dice gran admirador de García Márquez y Neruda).

¿O sí?

El cuestionamiento lo lanza Fito Páez en una entrevista, cuando a la pregunta de qué espera él que una canción suya cause a quien la escuche, responde que cuando la ciudad (de Buenos Aires) le da 35 Luna Parks a Ricardo Arjona y a Charly García le da dos, uno debe preguntarse si eso significa que hay valores en nuestra cultura que han desparecido. Arjona responde en su defensa, un par de días más tarde, con una no menos aireada carta en la que acusa a Fito de querer excusar su fracaso comercial con una supuesta aniquilación cultural de la que Arjona es síntoma. Lo tilda de ser un caso lamentable de envidia y amargura, al culparlo a él (a Arjona) de ser exitoso y a la gente de seguirlo. Ricardo no le da muchas vueltas al por qué su trabajo genera una tremenda convocatoria. Como él mismo dice, cumple con hacer su trabajo y para su suerte, intencional o no, genera la convocatoria masiva que genera. Pero que Fito Páez se haya hundido en un fracaso comercial, no es culpa suya.

Charly, sobre la controversia, dijo después que Arjona con su respuesta: “le pegó con un caño (a Fito). Lo mató”. (sic) **** Y es cierto, la aceptación del arte no se discute, no se pelea. Lo que pasa es que “lo que significa la aceptación del arte” por parte de la masa, sí se discute, y se discute a muerte. Por la sencilla razón de que esa aceptación dice mucho sobre nuestra cultura. Dice hacia dónde vamos. Dice qué valoramos. Y dice qué creemos sobre nosotros mismos. Yo, por ejemplo, a veces me pregunto por qué Steven Spielberg continúa produciendo éxitos taquilleros tremendos, mientras David Lynch pareciera que produce filmes que seguramente a más de alguno de los productores ejecutivos hace dudar de su sanidad al invertir en un producto que casi no se vende. Pero Lynch es Lynch. Y estoy seguro que cada día en el mundo un chico que ha descubierto Blue Velvet o Mulholland Drive se pregunta cómo nunca antes había visto una película de él, cómo es posible que esas películas no sean exhibidas non-stop en la sala de cine del barrio. Es una maravilla este señor Lynch. Es un milagro. Es un fenómeno.

Lo que le molesta a Arjona en el fondo de lo que dice Fito, me parece, es que se le imputa como una falta su éxito comercial. ¿Es que acaso no se puede ser Silvio haciendo un world tour patrocinado por Pepsi? Decididamente no. ¿No se puede ser Van Gogh paseándose en las galerías más famosas del mundo? Altamente improbable. Yo creo que al público le toma tiempo ponerse a la altura de los artistas que llevan al arte al siguiente nivel. De otra forma, no habrían nuevas sensibilidades, el arte sería estático. Y es natural. Porque aquellos artistas que tocan nuevas esencias, que descubren nuevas tendencias y marcan el paso, van adelante, solos. Muestran colores que en la paleta del consumidor aún no tienen nombre. Por eso a veces (y con la escogencia de estas palabras hay que ser muy cuidadoso, porque no se puede generalizar y por eso remarco “a veces”) el convertirse en un fenómeno masivo no habla muy bien de su trascendencia artística. Habla muy bien, es evidente, de su capacidad para mercadearse, gustar y vender. Nada más.

La música de Arjona es de esa música que se pega, que alegra, que marca una época porque se escucha en la tele y en la radio, y pasa y se olvida. No me gusta Arjona, no lo voy a esconder. No tengo un disco suyo y dudo mucho que algún día vaya a tenerlo. Pero tampoco soy asiduo de Silvio, aunque por razones muy distintas. El primero es una Pepsi Cola. El segundo es un aguardiente casero de la Habana. El primero lo puedo beber cualquier día, pero no me emociona. El segundo, lo tomo solo en ocasiones especiales; es demasiado dolido para mí. Me eriza escuchar La Maza, pero no puedo con más de tres canciones suyas en línea.

El punto es que son inútiles las competencias entre artistas, como dice Arjona. “La música no pertenece a las competencias de atletismo donde se miden las capacidades contra reloj, esto es un asunto de gustos y de emoción.”(sic) Cierto. Ciertísimo. Y por eso yo diría con Charly: “Hay lugar para todos, yo no estoy celoso de Arjona… la puta que lo parió!”(sic) Su público y el de Arjona son muy distintos. “(El de Arjona) es más de amas de casa, que ven telenovela, y es muchísima gente.” (sic)
Arjona hace lo suyo y lo hace muy bien. Se le agradece recordar a su pequeño y hermoso país, se le agradecer promover nuevos artistas, ser valiente al independizarse de los grandes sellos discográficos y se le agradece su tremenda obra de beneficencia. De eso nada se puede decir.

Pero yo no me olvido que Fito Páez a mí me inspiró un día a tomar un instrumento y componer. Su música, creía yo, estaba fuera de este universo. De Arjona… pues su primera canción popular internacionalmente en Alcanzar una Estrella, jamás la escuché. No quiero apuntar a conclusiones. Prefiero que piense usted lo que esto quiere decir.

 

*Estadio en Buenos Aires, Argentina, con aforo de casi 10,000 personas.

** Entrevista a Fito Páez publicada en el Clarín http://edant.clarin.com/diario/2010/03/18/espectaculos/c-02161561.htm

*** Carta de respuesta de Arjona a Fito Páez publicada en el Clarín http://edant.clarin.com/diario/2010/03/23/um/cartaarjona.pd

**** Charly García insulta a Ricardo Arjona y enciende polémica

 

ESTUARDO CASTRO CELADA

Guatemala, 1976. Músico retirado. Ingeniero de profesión. Militó en la escena musical guatemalteca de los noventas como miembro fundador del grupo Viernes Verde y como participante de la escena electrónica con su proyecto solista Shibumi. Desde inicios de los dos mil incursiona en la filosofía y la literatura, publicando algunos cuentos en revistas nacionales y dirigiendo clubes de lectura. La noche de Los Espíritus Ciegos es su primera novela.