Crónica de una vida breve
Viendo al horizonte, se sintió contra el pavimento el joven Josefo Águila, mientras el ruido de ambulancias se acercaba la conciencia lo iba abandonando, casi se perdía entre el río de gente que ya lo rodeaba, justo en la banqueta en donde años atrás era un alegre muchacho que jugaba al fútbol, o que corría por las tortillas mientras su madre iba a trabajar.
 
Entre el bullicio cotidiano y el escenario violento que lo rodeaba, el joven había sido el modelo de niño, considerando las circunstancias. Desde joven aprendió que salir a la calle era una aventura, casi una oda a la supervivencia, entre batallones de maleantes y operativos policiales corruptos, salía cada día a trabajar como ayudante de un pequeño taller mecánico, cercano a su vivienda. Siendo el segundo de tres hermanos, Josefo tuvo que reponerse pronto a la inesperada partida de su hermano, provocada por algún pequeño meteorito de plomo perdido, que impactó justo en la válvula de la vida situada en el pecho. Con sus 17 años, Chepe, como le decían sus amigos, aún guardaba un poco de ingenuidad e idealismo en su actuar; saludando a sus vecinos, casi todos mareros, había logrado inspirar respeto y hasta cierta admiración entre los mismos, quizá por su actuar o por su sagacidad para escapar de los problemas.
 
Francisca Grijalva Águila, era una mujer con pocos estudios, con un trabajo de vendedora ambulante y con 40 años de vida; vio su vida transcurrir de manera efímera al lado de un hombre que tras dejarla con tres niños a cargo, partió hacia el norte, hacia el “american dream”, y del cual nunca más supo nada.
 
La aún joven señora Grijalva, daba lo que tenía por sus dos hijos, pese a que la herida abierta por la pronta partida de su primogénito era un yunque sobre su ser; era una mujer sagaz, ingeniosa y laboriosa, aunque el bienestar brindado a sus retoños pudiera ser criticado por lo limitado que era. Chepe pocas veces coincidía con su mamá en la casa, porque siempre andaban en labores, por lo que casi fue padre de su propia hermana, Yanis de 13 años, a la cual cuidada en el taller, a donde lo acompañaba, o cuando ésta se quedaba en la casa junto con él.
 
Chepe tenía un pasatiempo, un poco difícil de cosechar considerando sus condiciones de vida, este hobby era leer pequeños libros sobre cualquier tema, los cuales lograba conseguir por no más de cinco quetzales, y aunque por haber asistido solamente hasta cuatro primaria, le resultaba complicado leer, no perdía el interés, y entre recetas de cocina e historia básica de Guatemala, podía imaginarse grandes relatos que compartía con su hermana, pues era la única que no se reía de sus crónicas y que no le contestaba con un “son babosadas”.
 
Era un día por la tarde, cuando el inclemente invierno castigaba los retazos de casas en el barrio donde Chepe vivía, cuando al salir temprano del taller, por falta de clientes, se dirigía hacia su casa, paseando por el Centro Histórico, cuando de pronto un suceso cambió la vida del joven trabajador. Por su facha de poco fiar, Chepe se encontró con un confuso asalto justo en la Calle de la Tortuga, a unas cuantas cuadras de su hogar, en donde, por la histeria colectiva o el pánico ciudadano, varias personas lo señalaron como cómplice del atraco que se acababa de cometer. Al sentir el primer puñetazo, el pánico lo invadió pero también despertó el instinto de supervivencia, por lo que al azar y con empeño dejó libre su puño al aire, con la intención de plasmarlo en el rostro de su agresor.
 
Mientras la multitud se acercaba para “castigar” a los maleantes, estos luchaban por soltarse de las manos que pretendían capturarlos, quizá como un presagio tétrico del futuro que les aguardaba al transformarse de victimarios a víctimas de un sistema social que poco a poco se pudría, por la violencia y el odio que germinaba en las entrañas de sus ciudadanos, derivado de políticos y funcionarios oportunistas y cínicos que no pensaban en trabajar por sus electores, sino por intereses personales, carcomiendo de a poco la confianza de las instituciones, desde los tribunales hasta los oficinas de tributación.
 
Quizá quien lea estas líneas podrá pensar que el castigo era merecido, pero para Chepe, quién corrió algunos metros, la turba, esa masa sedienta de sangre que lo perseguía, no representaba en lo más mínimo la justicia, sino la torcida visión de una sociedad que trata de erradicar la violencia, con la aplicación de violencia; tal vez como muestra de las grandes falacias que pueden dominar la mente humana, o como esas ironías cósmicas cuyo saldo únicamente es la muerte de inocentes.
 
Chepe aturdido y jadeando, corría con ahínco, con miedo, con toda la fuerza de su ser, buscando…tratando de buscar…soñando con encontrar un lugar de refugio, alguna instancia casi divina que por milagro o por capricho, apareciera de repente y le mostrara que lo que estaba viviendo no era más que una pesadilla, de esas que escuchaba a menudo en la ciudad.
 
La masa de gente, integrada por ciudadanos enardecidos, frustrados y con aires de jueces supremos, persiguió al muchacho unas cuadras, unos escasos metros, que para Chepe fueron kilómetros eternos…inacabables. Justo al llegar a una calle plana y ancha, la única de concreto es su humilde colonia, el joven vislumbró su humilde casa de lámina, y con la inocencia que lo caracterizaba pensó que se convertiría en su trinchera protectora. Corrió y recordó cuando, en vez de huir de una turba enardecida, corría tras una pelota de plástico, de las que venden en las tiendas de barrio, para cumplir la más heroica y agradable misión, anotar un gol en una chamusca, de esas que se desarrollaban entre el ocaso y la oscuridad de la noche.
 
Recordó los momentos en que jugar al escondite era una de las más sanas actividades, cuando en época de lluvia se inundaban las calles de su colonia, y donde olvidándose de lo insalubre, salía a chapotear el agua, añorando que fuera el mar de que muchas veces escuchó hablar. Pero no fue así, de pronto una breve pero firme explosión de pólvora sentenciaba el destino del joven muchacho, que tras un breve golpe de calor, sintió como sus piernas no respondían y su rostro se acercaba al frio y mojado asfalto, frente aquella humilde casa en donde pasó los escasos años de su existencia. Mientras la bóveda cardiaca disminuía el ritmo, mientras perdía la noción del espacio en el que estaba, ese último hálito de vida se evaporaba por sus ojos, por su boca, por cada uno de sus poros y la única idea que surcó su mente fue el rostro de su madre y el pesar de saber, que nunca más, volvería a sentir sus mimos.
 
Fernando Gonzáles es Licenciado en Sociología de profesión, con estudios en Análisis Estratégico y Seguridad en la Universidad de San Carlos de Guatemala y Sociología Centroamericana en la Universidad de Costa Rica. Lector y escritor por afición, ha explorado los caminos de la literatura, especialmente de la poesía, aunque siempre seducido por los vastos horizontes de la narrativa.