Historia en tres colores / Fernando Gonzáles
 
Eran las 7 de la mañana de un miércoles ajetreado, de la segunda semana, del quinto mes del año, Janeth se encontraba en su vehículo esperando que el semáforo cambiara de luz, una espera tan trivial pero tan eterna que parecían siglos. Aquel cambio tan robotizado, del amarrillo al rojo, era el preámbulo de una experiencia tan intensa y rápida que sería muy difícil de olvidar. Un suceso que en cuestión de segundos trastocaría su mundo por completo, aquel mundo que ella había creado y que se mezcló con otros mundos que tan solo había escuchado en la radio o visto en televisión y de los cuales siempre se ufanaba porque no se habían mezclado con el suyo.
 
En una vuelta retrospectiva, Janeth recordó lo que había sucedido ese día… esa semana… incluso los últimos años de su vida, cuando un frío artefacto, metálico e inhumano, apuntó durante unos brevísimos segundos, directamente hacia su entrecejo. La rutina había iniciado, como todos los días en las grandes urbes, con la dinámica de preparar las loncheras de sus hijos, que sin haber despuntado el alba, debían iniciar su camino prolongado hacia sus recintos educativos, entre la somnolencia y el caos vehicular que aguardaba a la vuelta de la esquina, para iniciar así las procesiones vehiculares de interminables filas, smog, estrés y algún accidente provocado por algún conductor imprudente o simplemente estresado.
 
Tras irse a dormir a altas horas de la noche debido a pendientes cotidianos y caseros, como asear la casa, enviar algunos correos electrónicos y preparar el almuerzo del día siguiente, la joven mujer se dispuso a descansar unas escasas horas para iniciar la rutina monótona del tercer día de la semana. Fue así como en un súbito momento, todos estos recuerdos se entrelazaban y se mezclaban con la efímera situación de tener el cañón de un revólver Colt 38 frente a ella; que unos de los tantos pandilleros habían comprado por no más de unos cuantos billetes y quizá alguna bolsita de marihuana.
 
Durante esos segundos que el semáforo marcó rojo, la angustia de saber si formaría parte de una de las tantas estadísticas de violencia le helaba la piel, sin mencionar el miedo y la ansiedad que ocupaba su mente poco a poco de tan solo pensar qué sería de Miguel y Andrea, sus hijos que más allá de lamentar la intempestiva partida de su madre, iban a quedar frente a un escenario poco alentador para sus próximos años por saber que la violencia se dibujaba en cada día venidero, en un país en donde su historia se escribía con sangre, derivada de la violencia política de antaño y del crimen organizado contemporáneo.
 
Fue así como, casi sin sentir las manos, producto de la impresión y del temblor que se apoderó de su cuerpo, en un gesto casi instintivo tomó su bolso, una imitación de Michael Kors color beige, que complementaban su atuendo ejecutivo de aquél tercer día de la semana, pues era el día de la presentación de resultados de ventas de la compañía de pinturas en donde laboraba desde hacía 3 años.
 
Mientras la verborrea de improperios lanzados por sus atracadores inundaban sus oídos, ella sólo deseaba que sus reflejos estuvieran en perfectas condiciones, para soportar esa tortura pasajera de vislumbrar el futuro de sus hijos sin su compañía y ser capaz de trasladar el celular que resguardaba su bolsa hacia las manos de aquellos maleantes que no sobrepasaban los 20 años de edad, y que se conducían en una motocicleta, presuntamente robada, y que ese día solamente pensaban en completar su botín, sin importar si para cumplir con dicha tarea, debían cegar unas cuantas vidas, al final de cuentas con los problemas que aquella nación enfrentaba ¿quién se preocuparía o indignaría por una muerte más?
 
Janeth veía aquella situación como una escena de esas películas independientes en donde los fragmentos de la historia se presenta, de forma tal, que el espectador debe hilvanarlas de manera lógica y descifrar el mensaje oculto. Recordaba cómo tan solo 15 segundos antes de estacionarse frente aquel semáforo, su vida y su mente, solamente estaban enfocadas en cumplir con los pendientes del día, llegar a casa y compartir con sus pequeños y terminar de planear el paseo que daría junto a su familia el fin de semana próximo.
 
Un súbito improperio de uno de los atacantes la situó de nuevo en aquel vehículo modelo 2000 que conducía, y cuya marca resulta irrelevante para esta crónica, pues los maleantes ya no buscaban solo vehículos recientes para asaltar, pues sabían que sin importar el modelo, su conductor y acompañantes portaban uno o más celulares, los cuales eran los objetivos principales. Aunque muchas veces había escuchado en la radio como operaban los “motoladrones” en la ciudad, siempre tomó las precauciones del caso, incluso sacrificando la propia comodidad de no bajar las ventanillas para disminuir las posibilidades de un atraco, pese a no tener aire acondicionado; sin embargo, debido a factores de infraestructura, aquellos embotellamientos de horas pico, resultaban ser el caldo de cultivo perfecto para que, sin importar las medidas preventivas de los conductores, los motoladrones pudieran operar a sus anchas, con poca o nula preocupación de ser capturados por las fuerzas policiales o encontrar resistencia por parte de sus víctimas.
 
Janeth minutos después del atraco, trataba de recopilar las estampas mentales de aquella situación, desde el momento en que percibió a una moto con dos tripulantes acercarse de manera natural por su lado izquierdo, hasta aquellas palabras que le dijo su victimario… “apurate o te morís aquí”. El shock emocional de ver la muerte campear de manera tan natural entre las calles de la ciudad era algo que resultaba difícil de digerir, observar aquellos ojos adolescentes con un odio tan encendido como carbones de una cantera y la destreza para esconder un revólver entre el cinto de su pantalón, la astucia para esquivar los vehículos y la agilidad de sus estrategias para intimidar a los conductores con vehículos tan vulnerables pero rápidos como las motocicletas, eran elementos que se entremezclaban con la dinámica normal de una gran ciudad.
 
Cuando el semáforo por fin cambió a la luz verde, Janeth se encontraba absorta en sí misma, como si más allá de llevarse un simple teléfono celular, le hubieran robado algo más importante, algo que no podía recuperar yendo a una tienda, su tranquilidad, pues habían violentado el bien más preciado para un ser humano, la vida misma. Aunque la luz estaba en verde, y los otros conductores hacían sonar sus bocinas, Janeth se encontraba imbuida en sus reflexiones, en cavilaciones espontáneas pero profundas respecto a ver la muerte de manera tan cercana, de forma tan antojadiza a merced de la impaciencia de otro ser humano, que al no conseguir lo que quería hubiera sido capaz de escupir un proyectil que dormía en aquella cámara del revólver, sin más culpa que haber perdido tiempo en un atraco infructuoso.
 
De fondo, en su vehículo sola y acongojada, se escuchaba una canción de moda, pero para ella solamente era la triste banda sonora de una historia más que se sumaría a las frías estadísticas reportadas por las instituciones policiales y de investigación, porque tenía la certeza que más allá de recuperar sus bienes, lo que aquél día la marcaría era haber perdido su tranquilidad y volver a ver la muerte intempestivamente tan cerca, tan azarosa, tan posible.
 
Tras recuperar el aliento, aún temblorosa y consolándose con argumentos de … “preferible el teléfono a la vida”, continuó la marcha como pudo, reprimiendo las ganas de llorar y gritar, no por la pérdida de lo material, sino por la impotencia de sentir que su ciudad se convertía en una jungla en donde se debía jugar el todo por el todo cada día de la semana, y no quiso imaginarse el futuro que les aguardaba a Miguel y Andrea, de seguir las cosas por ese rumbo. Fue entonces cuando con todas las fuerzas de su ser maldijo a los burócratas que acorazados por patrullas y guardaespaldas se pavoneaban por toda la ciudad en sus vehículos blindados, fantoches hipócritas que solamente se rasgaban las vestiduras ante los medios de comunicación por la perniciosa situación de la seguridad ciudadana y que aderezaban sus mentiras con palabras técnicas para presumir de conocimientos que no poseían o de acciones que no les interesaban.
 
Sintió como un nudo en la garganta se le iba formado, por esa impotencia de saberse solamente con el poder de “un ciudadano” que segundos atrás pasaba a formar parte de los burocráticos reportes policiales que engrosaban la estadística de violencia y que posicionaban a su nación como una de las más peligrosas a nivel mundial, fagocitando ante las miradas internacionales las cosas positivas que tenía su terruño, aquel donde miles de veces soñó con tener una vida tranquila, tener la posibilidad de ir a un parque y pasar un tiempo de tranquilidad para leer, para conversar con sus amigos o para realizar ejercicios al aire libre; como sucedía en otras partes del mundo.
 
Sabía que por más reflexiones y maldiciones que expresara, lo sucedido no desaparecería, sus compatriotas y ella misma, deberían seguir lidiando con ese fenómeno tan poco comprendido como lo es la violencia, y que al igual que ella, muchas personas se convertirían en víctimas ese mismo día, quizá con resultados no tan afortunados como el perder solamente un teléfono, una billetera o algunas joyas. Así pues, tragó saliva, tan fuerte, que el eco retumbó en su cabeza, en donde se mezcló con aquella diversidad de ideas que marcaban la apremiante tarea de llegar a su oficina a tiempo, sin importar ese choque de realidad por el que había pasado.
 
Al llegar a su edificio, las noticias locales se trasmitían por la televisión, y luego de tomar un sorbo de agua, que le supo más bien a vida, enfrió sus pensamientos, saludó a sus compañeros y por azares del destino observó la televisión, quizá motivada por el improbable deseo de que los maleantes que la habían atracado hubieran sido atrapados, pero su desilusión fue demoledoramente contraria, pues la noticia de “última hora” que plagaba los medios era el crimen cometido contra un conductor de bus por oponerse a un asalto.
 
Fue así como Janeth, al igual que otros cientos de ciudadanos, estaban enfrentados diariamente con la muerte, la cual acechaba en cada esquina, en cada calle, en cada lugar de aquella ciudad, y pensó que su historia se podía contar en tres sencillos actos. Aquél color amarillo que le indicaba una reducción de velocidad, que para ella fue una advertencia sorda de que su vida cambiaría aquel día; el rojo, cuya permanencia fue eterna ante aquel encuentro con dos sujetos y un arma de fuego y la posibilidad latente de perder la vida en un instante; y finalmente la luz verde que le permitiría seguir hacia adelante, tratando de tener una vida normal alejada de paranoias desgastantes pero con experiencias que marcaban su vida. Una historia que se escribió con rapidez e intensidad, en tres colores, los colores de un semáforo común y corriente.