Recuerdo de un beso corto / Por Fernando Gonzáles
 
Aunque muchas veces había escuchado hablar de un beso, de las miles de formas que podían darse, de los muchas intenciones que lo promovían o de aquellas limitadas prohibiciones existentes, la historia de un beso en particular se dibujaba nuevamente en la bóveda creativa de su imaginación, exacerbando aquellas partes que aún lo hacían vibrar y obviando aquellos elementos complementarios de la ocasión.
 
Transcurría así el cortometraje retrospectivo de aquella escena mojada por el deseo e incitada por la premura, de aquel brevísimo encuentro de pieles diferentes, de alientos compartidos y de hormonas saciadas. Y es que aunque los recuerdos eran difusos, la remembranza a flor de piel era intensa, tan intensa, como si lo reviera en ese instante.
 
Aquellas comisuras surcándose mutuamente, aquella calidez juvenil que se escapaba por los suspiros del momento y aquella gran incertidumbre sobre cómo alinear el resto del cuerpo alrededor del eje formado por los labios compartidos. Esa escenificación de muchas primaveras atrás aún paseaba eventualmente por su mente, quizá como un pasatiempo travieso o como una forma de gastar el tiempo, en una situación monótona y rutinaria, de esas que abundan en el mundo actual.
 
Y más que el sabor de su piel, recordaba el brillo incandescente de sus ojos; aunque basta con aclarar que la tersura de su piel le había quedado más que grabado en la carne viva de su ser. Aquella primera colecta del néctar ajeno, vertida de la propia vasija de quien emanaba una dulzura peculiarmente clara, aguerrida y alejada de lo que hasta ese momento consideraba “común”.
 
La mente se comportaba traviesa, como ha de ser con aquellas ilusiones que revolotearon en algún momento en nuestras manos, por nuestra piel o por nuestro pensamiento. Se exacerbaban los hechos reales a través de hipérboles inventadas en el momento y que en cada recapitulación culminaban de forma distante, aunque siempre con una intensidad erótica elegantemente hilvanada.
 
Y recordándose en aquel lugar de la juventud marchita, en aquella desolada sala en donde ocurrieron todos los hechos que le dan vida a este relato, miraba de manera nebulosa la atmósfera que lo rodeaba, con muchos años menos que el límite legal de la mayoría de edad, frente aquella figura diferente a la suya. Simplemente frente a una sonrisa impresionante, que muchas décadas después no olvidaría, no porque no pudiera, sino simplemente porque no quería, porque aunque sabía que esa sonrisa fue motivada cientos de veces por otros motivos, o por otros tipos, aquel marco pulposo de una niña dos meses mayor que él, resguardaban con sutileza y picardía, relativa a su edad, unas brillantes perlas que lucía con esplendor cada vez que la situación despertaba su agrado. Y qué decir de aquella imagen icónica del pelo sujetado por un moño color azul, que de vez en cuando adornaba la mata de cabello natural y rebelde de aquel ser que robaba su infantil atención.
 
Pero entre la dinámica hiperactiva de la juventud exploradora de los nuevos tiempos, toda aquella descripción excesivamente romántica para un chiquillo de menos de los tres lustros, parecía simplemente un cliché cinematográfico, por lo que un extraño giro en su universo personal, le hizo caer en cuenta que más que rememorar estaba complementando y aderezando con deseos reprimidos aquella crónica propia de un hecho pretérito, pero que le daba la materia prima para elaborar nuevos relatos, con diferentes nudos e inesperados finales.
 
En uno de los tantos laberintos personales, recordó la fugacidad de aquel beso con la niña de su recuerdo absorto, de hace muchas décadas atrás, y que de pronto, sin propósito alguno ni esperanza añejada, la había encontrado en un crucero de aquella gran ciudad en donde vivía desde hacía muchos años. Como capricho azaroso de la vida impredecible, aquel intercambio de miradas a la distancia, prudente de dos desconocidos por los años transcurridos, fue tan solo la pieza faltante para seguir produciendo relatos imposibles de llevar a la tinta de las caricias y el papel de la piel.
 
Y para continuar con un soliloquio interno se preguntaba ¿cómo un beso tan corto puede recordarse tanto tiempo? Sin respuesta en concreto, le bastaba más que tener aquellos recuerdos fragmentados de las primeras exploraciones de piel ajena, que con el tiempo fueron las lecciones primarias en su vida. Sin arrogancias ni falsas modestias, porque en esas artes de piel ajena, siempre hay cosas nuevas por aprender y experiencias para compartir.
 
Y mientras poco a poco iba aterrizando en el laburo diario, en su trayecto hacia su destino de la monótona faena, sonaba como ironía cósmica de un relato inconcluso, infinito y etéreo, el bolero distinguido, que muchas generaciones han entonado…
 
Y al ritmo de “bésame, bésame mucho…” culminaba la rememoración de aquél día común, justamente antes de bajarse del infame carruaje de hierro y metal que lo transportaba hacia su bahía final, pues había que cumplir con las responsabilidad de una persona de más de 6 lustros cumplidos, aunque los recuerdos de chaval seguían sumergidos en esa inmensidad de experiencias que le había dado la vida, que se almacenaban en orden pulcro en su bóveda craneana, y que de vez en vez husmeaba para pasar el tiempo, para evocar los buenos tiempos de la vida, y aquellos no tan buenos pero que había disfrutado a su manera.
 
 
Fernando Gonzáles es Licenciado en Sociología de profesión, con estudios en Análisis Estratégico y Seguridad en la Universidad de San Carlos de Guatemala y Sociología Centroamericana en la Universidad de Costa Rica. Lector y escritor por afición, ha explorado los caminos de la literatura, especialmente de la poesía, aunque siempre seducido por los vastos horizontes de la narrativa.