La Membrana Semi-permeable: Auto-observación e Identidad / Por Alejandra Méndez Figueroa
¿En qué medida la “identidad” es un ideal normativo más que un aspecto descriptivo de la experiencia? (…) en definitiva la construcción política del sujeto se realiza con algunos objetivos legitimadores y excluyentes”
-Judith Butler.
 
“Hay que llegar a la conclusión de que la identidad nunca es el fin sino el principio de la autoconciencia”
-Teresa de Laurentis.
Empiezo estas líneas no queriendo comunicar desde el formalismo de la intelectualidad académica que expresa una “objetivación” –idealizada– y en tercera persona, como si existiesen las certezas universales. Quiero hablar desde mí, desde la experiencia que me ha ido (d)escribiendo. Quiero hablar de identidades (o ¿la huída de ellas?). Quiero hablar de la mía: Una auto-identidad inhabitada.
Tengo 24 años. Son, aproximadamente 8,764 días de existencia fuera del útero y bajo ésta piel mutante. Puedo decir con certeza que hasta hace unos días pude, por fin, ver a los ojos de mi enemigo más oscuro, mi más grande miedo: la no-identidad.
Retomo el tema del último boletín Difuminando los bordes de la realidad donde la compañera, hermana y amiga Alejandra Garavito Aguilar [1] nos hace bailar en la órbita de los límites. Mientras ella conversaba conmigo el borrador de su redacción tuvimos introspecciones muy interesantes. Yo no podía evitar pensar en las identidades cada vez que ella mencionaba la existencia de los límites: Hay ciertos bordes que nos hacen ver hacia dentro del área que contornean y que, desde allí, nos invitan a un ejercicio de auto-reflexión, autoconocimiento, de historicidad y de cómo estos límites se relacionan con el otro lado de la frontera, es decir, con los ojos que nos reciben. Es sólo luego de la apreciación de esta área interna que se puede decidir, o no, qué tanto queremos empujar esos límites, por cuánto tiempo y hacia dónde: “Reconocer mis carencias, mis necesidades y plantearme la pertinencia de trazar ciertos límites ha ayudado a identificarme, a legitimarme, a retomar el control.” [2] ( Subrayado mío).
Yo agregaría que el reconocimiento no debo hacerlo únicamente desde mis carencias sino también desde mis virtudes. El saber admitir sólo lo que no puedo pero quiero es seguir viendo los límites hacia fuera. Y un poco ésto fue lo que me sucedió. Crecí en un ambiente en el que era constantemente comparada con mi hermana y en cuya dinámica siempre salía derrotada, ya que ella era la complaciente y yo la necia; lo cual, a mi parecer, generaba la afectividad hacia ella y el rechazo hacia mí. Me convertí entonces en un ser sensible que ideó los mecanismos para conseguir esa afectividad negada. Asì aprendí que todo lo que no era, era precisamente lo que debía aprender a ser.
Podrían preguntarse cómo es posible tener un problema de una autodefinición con mis identidades si me educaron como mujer cisgénero [3], ladina y de clase media. Es decir, tanto mi identidad de género, como mi identidad “étnica” o mi supuesta pertenencia a un estrato económico de la sociedad son parte de la norma establecida, aún con sus contradicciones y sus incoherencias al ser normadas. ¿Qué problemas podría crearme encajar en el ideal de identidad? La respuesta me ha llegado con años de demora y una intensidad apacible: si ya mi identidad está construida, desde fuera de mí, si ya las respuestas me han sido dadas y digeridas, no queda mucho más por hacer que reproducirlas o vivir en la frivolidad de habitar un pelaje que no es precisamente mío. Pero como diría una mi compa “no todo es para todos”, y en definitiva la norma no es para mí o yo no soy para la norma.
Así fui creciendo, atravesando la pubertad con estas preguntas que me acechaban cada que me encontraba sola. Este constante ver hacia fuera para poder encontrar lo que quería llevar hacia adentro me fue dotando de una máscara que no escondía más que el vacío que me procuraba cada vez más angustia: ¿Cómo socializar –actividad tan necesaria para cualquier ser vivo [4] – si no hay un entendimiento de la propia autodefinición?
He ido entendiendo que las identidades niegan, más que afirman las trayectorias de los sujetos y por ello es que siempre ocultan una parte de la realidad, potenciando otra. Prueba de ello la manera como fui construida como ladina.
La ladinización no es más que la negación al rol de ser oprimido, paralelamente asumida desde la aspiración hacia el rol del opresor: “La otra parte de la historia, la que podría dar sentido a nuestra herencia mestiza, pero que nos recuerda lo oprobioso de la opresión, del trabajo forzado, de la esclavitud, de la violencia no reconocida, es la memoria a la que renunciamos con facilidad. En la actualidad se asocia a la incertidumbre, a la duda, a lo confuso, a lo que ignoramos de nuestras genealogías. Porque lo que se niega, aparentemente se olvida (…) Pero la desmemoria no es olvido, es huida. Por eso en Guatemala se cumple aquello de que “los ladinos somos fugitivos de nosotros mismos”, porque sin duda, cuando osamos pensarnos, es porque hemos negado el hecho sufriente que dio origen a nuestros mestizajes” [5](subrayado mío).
Si la ladinización es el esfuerzo insistente de adoptar lo ajeno, lo foráneo – cualquier característica menos las propias-, parece coherente que el ejercicio de ver siempre hacia afuera, hacia lxs otrxs implique convertirse en algo así como un collage de las características que tienen lxs otrxs, a quienes aspiro parecerme. Pero ésto no tiene nada de malo, en absoluto, siempre y cuando se haga desde la consciencia de la toma de decisión de los propios deseos y cómo éstos responden a las propias historias, a las subjetividades. Pero cuando se realiza desde el desconocimiento de los mismos por la negación de la historia que me ha traído a donde estoy, bajo el mandato de la necesidad de ser algo más, cualquier otra cosa, entonces surge éso que es la no-identidad y que resulta ser no más que un recipiente que puede cambiar de forma, de contenido y que aparentemente lo único constante que encarna es la nada.
Desde mi ser ladina he aprendido a olvidar mi trayectoria, a vivir en la desmemoria. No sólo de mi genealogía sino de los años previos que marcan mi historia: en mis años de pubertad tenía una identidad diametralmente diferente a la que me he dispuesto en la actualidad. Y puedo decir que era infeliz. En esos años posteriores a mi pertenencia a un colegio católico, marista [6], germinó en mí un cambio rotundo en mi personalidad y tuvo que ver con la rebelión a muchos de los mandatos perpetrados por la misma institución educativa. En los años posteriores que me propuse a erigir mi propio camino desde mis intereses personales y que fue lo que me llevó a la metamorfosis, opté por reivindicar el aprendizaje internalizado de la ladinización y borrar casi por completo mi memoria de esos años de irreconocimiento personal –aunque en realidad nunca estuvieron olvidados sino simplemente suprimidos– lo que me ha traído preguntas sobre cómo se conforma una identidad, mi identidad, y si su naturaleza es esencialmente inmutable.
Yuderkis Espinoza (¿Hasta dónde nos sirven las identidades?, 1999) menciona –no sin razón– que las identidades han sido situadas desde las opresiones y definidas desde una perspectiva hegemónica que nombra la otredad a insuficiencia de nombrarse a sí misma, por ser la “norma”. Esta perspectiva centralizada y auto-proclamada como “lo humano” creó el ejercicio anteriormente mencionado de la observación de lxs otrxs y que ha sido a partir de la fundación de lo normado que se han creado, alrededor de su campo, las otras identidades necesarias de nombrar, categorizar, jerarquizar, racializar, sexuar, esencializar y someter. Es así como nos hemos ido codificando e identificando como mujeres, indígenas, negros, pobres, lesbianas, trans, niños, trabajadores y un sinfín de etcéteras. “Para los grupos subordinados y excluidos la identidad no es nunca una identidad autodefinida, tanto como la idea que tiene el poder de lo que somos” (Yuderkis Espinoza). Y lo jodido no es aglutinarnos desde la opresión, sino que no hagamos nada, en nuestra calidad de actorxs, por transformar o resignificar a la misma. Pero lo realmente importante de las identidades, aun así sean configuradas desde una relación de poder, es que disponen visibilidad. Porque lo que no se nombra “no existe”.
Pero ¿qué tiene que ver ésto con mi no-identidad? Pues todo. Si la identidad se trata de saberse dónde una se sitúa y dónde ha sido situada, la no-identidad es algo así como no ver hacia dentro de los límites sino constantemente hacia fuera de ellos. Es como vivir en un cuerpo que nos es por completo desconocido por estar acostumbrada a vivir de la piel para fuera sin detenerse a considerar que es de la piel hacia dentro donde empieza nuestra acción de existencia. Es “ver a otras sin vernos a nosotras” [7]. Es por ésto que al no tener la necesidad de nombrarme, por ser lo más asemejable a la norma, fui dándole peso a mi no-identidad y trenzándola como mi indumentaria. Para mí fue como circular errante por la tierra sin una manada en la cual refugiarme. Y para refugiarme a cualquier manada que pareciese apetecible habría que ampararme bajo sus parámetros identitarios, sin siquiera cuestionarme si coincidíamos. Pero si entonces las identidades responden a una etiqueta de cohesión ¿La identidad es únicamente aquello que se vive en colectivo y que nos dá sentido de pertenencia? Y de ser así “¿Qué significado puede tener entonces la “identidad” y cuál es la base del supuesto de que las identidades son idénticas a sí mismas, y que se mantienen a través del tiempo como iguales, unificadas e internamente coherentes?”.
Sólo tengo mi propia experiencia para aproximarme a tales interrogantes: a lo mejor las identidades, sí son eso característico que te sitúa en un grupo determinado, ya sea por la opresión o por el atrevimiento a superarla, pero que aún así no te determina. A lo interno de las identidades colectivas existe una gama de diversidad que no puede ser acallada por el propio peso de la identidad designada desde el poder. Esto me devela que tienen que existir, paralelamente, las identidades individuales y es a éste respecto a lo que me he de referir como subjetividades.
Puedo concluir diciendo al respecto de la diferenciación entre identidad y subjetividad: La primera responde a la situación de mi relación con el mundo, con lo que está fuera de mí y que me causa resonancia, es decir, con lo que me identifico, con aquello que me hace vibrar, pero también con lo que esos otros ojos han identificado en mí, que de alguna manera me ligan a una historia colectiva. La segunda puede entenderse más bien como “el empoderamiento del sujeto por ser sujeto, por ser persona”, es entonces mi capacidad de actora que decide sobre sí misma –eso sí, en relación con el contexto y el momento histórico que me incumbe– y que dibuja las rutas que deseo tomar, las transformaciones que requiero para sentirme cada vez más sujeta y cada vez menos un recipiente vacío de contenido. Una y la otra se me muestran como dos caras de la misma moneda, probablemente indiferenciables e indisolubles entre sí.
Varios años transitando de inseguridad en inseguridad, trasladando ésta preocupación de mi no-identidad sobre mis músculos, traducida a mi postura corporal, a mi mirada… Varios años, hasta que aprendí a silenciar poquito a poco mi racionalidad y di paso a la escucha de mis impulsos, de mis deseos. Ahora ya no me siento en una no-identidad. Ahora entiendo lo mutable de las identidades, lo que me narran sobre mi relación con el mundo. Ahora veo mi historia inmediata –y sigo en la búsqueda de mi historia extendida, de mi genealogía– y la abrazo y le agradezco por haber sido como fue porque me ha traído hasta donde estoy, con nuevas capacidades de autoconciencia, de introspección, de encontrarme y desencontrarme. Ya la no-identidad no me asusta. Esa máscara ya no la necesito. A lo mejor ya es otro paso para ir engendrando autonomía.
“Soy un punto en el universo. Habito con otros puntos. Con algunos formo tramas, con otros nunca compartiré. Soy un punto importante para la vida. Es la única manera en la que comprendo poder estar aquí. Todos los puntos parecemos iguales y creo que en alguna forma es así, aunque también sé que soy un punto único en el universo y que la expresión de mi individualidad es el aporte que puedo hacer. Soy un punto efímero y fundamental” [10]
[1] Guatemalteca. Licenciada en Psicología por la Universidad Rafael Landívar y Artista del Movimiento, Alejandra tiene experiencia en Gestión Cultural y ha sido fundadora de varios proyectos colectivos que incentivan la creación de espacios para la actividad artística. Actualmente es docente en la Escuela Superior de Arte de la USAC en la carrera de Danza y trabaja como coordinadora en el área de Sanación en el Centro Q’anil.
[2] Ver: Boletín del Centro Q’anil, autoría de Alejandra Garavito.
[3] Cisgénero: persona cuya expresión de género coincide con la sexuación social de su cuerpo.
[4] Ver: Boletín Agosto 2017 del Centro Q’anil, autoría de María Reyes Larraín, párrafo 2 “sistemas abiertos”.
[5] Femestizajes: Cuerpos y Sexualidades de mujeres mestizas, investigación inédita de autoría del Centro Q’anil, próxima a publicarse.
[6] Marista: creencia de poder llegar a Jesús a través de María y devotos de toda la construcción de virginidad y pureza que gira alrededor de la imagen iconoclasta.
[7] Femestizajes: Cuerpos y Sexualidades de mujeres mestizas, investigación inédita de autoría del Centro Q’anil, próxima a publicarse.
[8] Judith Butler. El Género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. 1999.
[9] Reflexiones de Alejandra Garavito Aguilar.
[10] Texto autoría de María Reyes Larraín. Chilena. Instructora de Yoga, anarquista y aprendiz de rutas de conocimiento alternativo al occidental-positivista. Lleva 10 años trabajando con el cuerpo y tiene experiencia en terapia Gestalt. Actualmente es estudiante de la tercera generación del Diplomado Cuerpos, Erotismos y Sexualidades del Centro Q’anil.