Por Yolanda Aguilar

“En mi experiencia íntima de vivir desde la resiliencia, aprendí que las personas resilientes que te rodean, son tan importantes como tu capacidad para transformarte, sanarte y resistir los avatares que la vida te presenta”.

 

Lo que llamamos Resiliencia en este panel es en realidad la capacidad que tenemos todos los seres humanos para transformar las experiencias duras de la vida en fortalezas y aprendizajes que nos sirvan para reconstruirnos y desarrollar proyectos que re-signifiquen lo vivido y le den sentido a lo que viene por vivir.

Pero sabemos que no todas las personas pueden reconstruirse, ni ser resilientes en su vida adulta. Hay quienes se agrietan y se amargan por lo vivido en la infancia o la adolescencia, hay quienes transmutan lo doloroso y lo convierten en sufrimiento a lo largo de la vida. Durante mucho años de experiencia como acompañante de sobrevivientes, como antropóloga, feminista holística, investigadora y terapeuta de adultos fui descubriendo que la resiliencia es una condición que se desarrolla o se estanca, que te permite desarrollar el sentido del Buentrato con tu propia existencia y con la perspectiva esperanzadora de la vida; o que por el contrario desaparece de tu horizonte, conectamos con la desesperanza, con el resentimiento, con el desastre y la devastación como forma de maltrato de nosotr@s y del mundo.

De estas dos maneras de vivir es que quiero hablar:

Quisiera empezar diciendo que todos los seres vivos somos capaces de autoproducirnos, de auto-organizarnos y de auto-reproducirnos a nosotros mismos. A esta condición de existencia se le ha llamado la Autopoiesis, concepto creado por Humberto Maturana y Francisco Varela, biólogos chilenos hace más de 40 años; primero para la biología y luego para las ciencias naturales, humanas y sociales, asumiendo que los seres humanos somos seres biológico-culturales y que en el desarrollo de nuestras capacidades existen posibilidades de potenciación de lo que somos y/o capacidades de restricción y bloqueo dependiendo de en qué tipo de contextos nacemos, crecemos y nos desarrollamos.

¿Qué relación tiene estos conceptos de auto-desarrollar nuestras propias formas de existencia con el sentido de resistir y reconstruirnos de manera resiliente? ¿Y porque no todas las personas sobreviven de la misma manera, se reconstruyen desde el bienestar, asumen un proyecto de vida resiliente y contribuyen a la transformación social desde construcciones dignificantes de la vida?

Debo decir que desde mi experiencia fundamental, no trato con niñas/os, pero si con adult@s que una vez lo fueron. Todas y todos ellos han sobrevivido, fueron niños o niñas que crecieron y que lograron seguir adelante con sus vidas. Esa capacidad de mantenerse con vida, en contextos tan llenos de violencia y desesperanza es ya una condición resiliente. Pero no me interesa dialogar con ustedes acerca del acto de SOBREVIVENCIA. De eso ya sabemos mucho en Guatemala, SOBREVIVIR ya no es suficiente. ME INTERESA referirme al paso consciente de convertir la propia sobrevivencia en un acto de transformación que genere otras formas de aprendizaje para la resiliencia. Como herramienta individual utilizada para generar cambios culturales.

Y es aquí, donde entrelazo:

La experiencia cercana de todas las personas, refiere experiencias dolorosas y experiencias felices. En algunos casos algunas experiencias fueron traumáticas, pero como niñ@s, no entendíamos lo que vivíamos, solo lo vivíamos. Y depende del contexto en donde nos movimos, tuvimos la posibilidad de desarrollar la capacidad de aprender de la experiencia para autocuidarnos, recibimos amor ante el daño, fuimos amad@s y acompañad@s, fuimos escuchadas, apoyadas, respetadas, éticamente tratadas, amadas, amadas, amadas o amados.

En otros casos; fuimos traumatizadas, pero además fuimos maltratad@s como parte de lo traumático, fuimos culpabilizad@s, condenadas, fuimos satanizadas, confrontadas criticadas, abandonadas, culpadas, sobornadas, chantajeadas, humilladas, reprimidas, fuimos prohibidas como personas, desde nuestro cuerpo o desde nuestros pensamientos, manipuladas y además fuimos culpabilizdas por ser traumatizadas. Todo esto en nombre del amor.

Y así fuimos creciendo, SOBREVIVIMOS. Pero unas personas asumiendo que, ante la adversidad solo es el trato amoroso el que es posible como respuesta al daño; otras asumiendo que el daño es la única manera de vivir, victimizándose. Sobrevivimos pero no fue suficiente, fuimos realmente resilientes solo en la medida en que nos transformamos para seguir transformando nuestra propia vida y la vida de otras y otros. No en la medida en que sobrevivimos, maltratándonos y maltratando.

Esta es la hipótesis que queremos compartir, todas las personas somos resilientes, especialmente en la infancia. Todas las personas hemos sido más o menos resilientes para soportar, resistir o superar los entornos que nos tocaron. Pero esa capacidad resiliente puede ser fortalecida por un acompañamiento amoroso, que legitime mi capacidad de sobreponerme, por la aceptación de que independientemente del daño sufrido, no puedo ser culpabilizada, ni condenada, ni maltratada, sino que reconocida en mi dignidad. Un mal acompañamiento, puede potenciar el maltrato, el auto-desprecio, la intolerancia, la frustración o la desesperanza por lo sucedido. La pregunta crucial en este momento es ¿qué tanto las personas que acompañamos niños, niñas y adolescentes nos acompañamos a nosotros mismos?

Porque un adulto o adulta herida puede hacer más daño que bien, a un joven o a un niño, a nuestra experiencia desde el Centro Q’anil, como equipo de formador@s, terapeutas y acompañantes, es que nos hemos tenido que sanar las propias heridas como adultas para recuperar el sentido amoroso de lo que también constituyó nuestras infancia. Por eso decidimos ACOMPAÑAR A LOS QUE ACOMPAÑAN, AL MISMO TIEMPO QUE ASUMIMOS LA IMPORTANCIA DE TRANSFORMANOS PARA TRANSFORMAR.

Nadie se salva, todas las personas tan solo por haber nacido en los lugares donde nacimos, crecido en los países en que crecimos y habitado el planeta en que habitamos, ya necesitamos recuperar algo que perdimos en nuestra vida adulta: el sentido neoténico de nuestra existencia. Es decir la capacidad amorosa infantil que cuando nos sentimos desvalid@s, recordamos (lo amoroso de nuestra madre, la palabra de aliento de nuestro padre, el consejo de la abuela, etc).

Esta es una gran tarea que tenemos las adultas y adultos con nosotros mismos y con nosotras mismas; porque necesitamos recuperar nuestra propia legitimidad de vivir como seres amorosos y no solo como adultos desesperanzados por el mundo en el que nos tocó vivir.

La resiliencia que les podamos transmitir a las nuevas generaciones de jóvenes y niñez que acompañemos, solo será realmente esperanzadora en la medida en que nos identifiquemos con ella, la sintamos, la vivamos, la actuemos como parte de nuestra piel. El sentido de la dignidad humano solo se renueva en la medida en que recuperemos la esperanza resiliente en nuestras propias vidas, no como un discurso, no como un slogan.

Durante toda mi vida, me tocó preguntarme si es que había un nuevo escalón para recomponer mi propia dignidad humana, siempre encontré algo nuevo. Ahora creo que nunca perdí la constancia, pero el salto siempre fue al vacío. Experimenté muchos años conmigo misma, cuando supe que se podía salir del dolor, deje de llamarme víctima.

Cuando encontré la valentía y la disposición para el tránsito hacia otro estado, me llamé junto a otras actora de cambio; pero cuando encontré suficientemente trabajada mi propia historia, supe que era el momento de compartir dicha experiencia sanadora junta a otras y otros.

La resiliencia es mucho más que una disposición para tolerar los cambios y resistir; es una condición para seguir viviendo con calidad de vida. Puede ser considerada como la fuerza y el coraje necesarios para contribuir a la salida del malestar individual, que contribuirá a salir del malestar social en que vivimos; salir de la estrechez de la mirada y la falta de ética para el vivir cotidiano. Es como la herramienta que nos sitúa ante el cambio del paradigma: no solo vivir, sino recomponer nuestras relaciones, nuestros vínculos, con nosotr@s mismas, con nuestros afectos, con quienes amamos y nos aman, con los otros seres vivos y el planeta.

No es cualquier cosa. Pero se empieza por casa. LA AMOROSIDAD es la condición indispensable para ser resiliente. La resiliencia pues, es un resultado, no el lugar por donde empezar. En un mundo en el que son las relaciones de poder, de violencia, de competencia, de autodestrucción, de desconfianza, de injusticia y de desesperanza las que privan, es por allí donde tenemos nuestro reto cotidiano. ¿Qué de esos patrones culturales permanece en nosotros? ¿Qué de esas maneras patriarcales de relacionarnos forman parte de nuestra educación con disciplina en lugar de con amor. ¿En nuestras organizaciones, relaciones de maternidad o paternidad, en los modelos educativos que proponemos?

Maturana y Dávila plantean que Lo HUMANO ES UN MODO DE VIVIR QUE SE CONSERVA DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN A TRAVÉS DEL APRENDIZAJE DE LOS NIÑOS. ESTE MODO DE VIVIR SE CONSERVÓ PORQUE APRENDIMOS A CONVIVIR EN EL COMPARTIR COTIDIANO DE LA EMOCIONALIDAD.

Esto significa que el tipo de emocionalidad que seamos capaces de intercambiar con las nuevas generaciones, constituirá el nuevo sentido de cultura y sociedad que estemos posibilitados de construir.

La experiencia resiliente que estemos dispuestos a trasladar se convertirá entonces en un proceso complejo en tránsito hacia la recuperación de la esperanza de las niñas/os y jóvenes de las nuevas generaciones con conciencia de que es posible salir del miedo social, la parálisis emocional, el racismo internalizado, la violencia como forma cotidiana de convivencia. ¿Cómo se hace esto?

A juzgar por los procesos que hemos acompañado durante los últimos años en Q’anil, todo parece indicar que no es posible seguir acompañando, mujeres, niños/as, jóvenes, pueblos, etc… si no nos interpelamos de fondo y directamente. Esto implica trabajarse las heridas, salir del pantano de la amargura y hacer los duelos pertinentes de los propios acompañantes. Este es un camino que requiere un proceso de auto-observación permanente.

¿QUIÉNES FUERON NUESTROS TUTORES DE RESILIENCIA? ¿CÓMO CONTRIBUYERON A QUE FUERAMOS O NO RESILIENTES? ¿CÓMO ASUMIMOS NUESTRA PROPIA RESILIENCIA? EN LA MEDIDA EN QUE CONTESTEMOS ESA PREGUNTA, SEREMOS SEGURAMENTE MEJORES TUTORES DE RESILIENCIA.

 

“Ha llegado el momento de hacernos cargo de una transformación cultural orientada a la conservación del mutuo respeto, la honestidad, la equidad, la ética y la reflexión donde aparezca como relevante que las personas se relacionan desde la colaboración”

Este es el único camino para que las personas adultas puedan proponerles a las nuevas generaciones, formas resilientes de verse asímism@s como resultado de su herencia cultural.

(Ximena Davila y Humberto Maturana)