Por Rosario Jerez

Justificar el feminismo

Explicar una vez más que no odiamos a los hombres se ha vuelto, aparentemente, una de las tareas con mayor relevancia en los últimos días dentro de las redes sociales para las feministas que difunden sus ideas a través de estos espacios. Puede ser un momento oportuno para inquietarnos por la percepción que tiene una sociedad aparentemente construida para hombres en la que las mujeres enfrentamos el reto de la desigualdad en diversas dimensiones de la vida o bien un momento ideal para dignificar el odio que no es más, que otro de los sentimientos controlado y normado por el Patriarcado.

Entre mis cajones de feminista guardo una respuesta importante, con la cual en su momento he respondido a los cuestionamientos sobre mi odio hacia los hombres: “No odio a los hombres, realmente dudo que exista alguien digno de mi odio,” pero esa es mi respuesta, fundamentada en mi historia y en mis desaprendizajes, sin embargo considero que nos ubica en un espacio en donde los hombres son vistos objetivamente y las mujeres somos vistas y comprendidas de forma subjetiva.

El feminismo a través del tiempo ha sufrido de una metamorfosis, probablemente (sin caer en eufemismos) más bella que la de una mariposa y que en su camino ha dejado huellas trascendentales, es el mismo patriarcado que se ha dado a la tarea de decirnos que odiamos a,sus víctimas, porque a decir verdad, las primeras víctimas de patriacado son los hombres, por supuesto que en un rol sublimado y dicotómico de víctima-victimario; mismo que nos mide y determina qué es feminista/feminazi y qué no lo es y qué tan feminista es, pretendiendo definir y replantear el feminismo a su convenir.

No había terminado el 2016 cuando los medios empezaron a proliferar pronunciamentos feministas de famosos, que han marcado la era del “feminismo moderno,” los cuales fueron ovacionados, un poco más que el show de Adal Ramones en Guatemala pero que al final son comparables en sus estrategias mercadológicas y que de cierta manera nos justifican ideológicamente y nos hacen sentir menos desubicados a manera de refugiarnos y de validarnos como iguales. Es impensable el creer o pretender que vivamos un feminismo como el de 1930 justo cuando pareciera que únicamente se nos crítica y se nos cuestiona desde reducidos ámbitos como el del romanticismo, el hogar, y lo sexual; muy pocas veces se manifiesta la oposición desde lo laboral, lo político o desde la academia, como es imposible negar que existen diversos tipos de feminismo; cada uno pertinente a su contexto y a su tiempo, el de Guatemala, somero o no; corresponde a una realidad en la que las características más comunes de las muertes de mujeres son: la tortura, la violación, el desmembramiento y la exhibición; con un mensaje que diría algo como: “ la casa, al lado de tus hijos es tu lugar” parecido a una de las reacciones que leí sobre “el acosador del Transmetro,” el motivo ideal para preguntar sobre cuántos incidentes similares, vimos previamente a este sin el menor auxilio, en un “Estado” diseñado para hombres es imposible hablar de un feminismo que no pretende o más bien prefiere; romper esquemas violentos, antes de ser superficial o vano, mismo que no tiene permitido deslindar entre lo privado y lo público, porque de la vivencia personal es de donde surgen las preguntas y las inquietudes que provocan los encuentros, entre la una y las otras, que masificados se convierten en ideales que buscan dignificar la vida y hacerla justa para todos y todas pero que para ser alcanzados, implicarán un camino, no siempre el fácil.

El odio habita nuestros cuerpos como un sentimiento que aprendimos desde temprana edad, que fue incrustado en nuestro ser, y mezclado a la violencia con la que no hemos nacido pero que vivimos a diario y que enfrentamos desde nuestro ser, en todo lo que nos rodea y en las maneras que aprendimos a asumirnos en conciencia de todos estos aspectos que son considerados como naturales; nos debilita y nos transformamos en una especie de mito que necesita desmitificarse tal vez amando, tal vez odiando con una breve necesidad de convencer , explicar, expiar, de solventar y de perdonarse por sospechar y tener una perspectiva diferente de la realidad. El tomarse la tarea de explicar el feminismo o más bien la notoria necesidad de justificarlo es más bien una “entrada de agua al mar” es un indicador que demuestra que hemos dejado el feminismo solamente al alcance de algunos y para algunas.

La esencia propia de un feminismo moderno, (por así nombrarlo, a pesar de lo devaluante que eso implique en relación a la línea de tiempo de la Historia de la humanidad) posee fundamentos académicos, muy bien ilustrados pero ensímismados y limitados a las minorías; pero eso no sólo tiene que ver con la cultura, el acceso a formación o la apertura de los movimientos, organizaciones o colectivas, en sí; sino también es provocado por la satanización impuesta a esta ideología ,desde luego, dicha satanización es carente de fundamento científico pero que sí responde a un poder eclesiástico; moralista y religioso que nos fragmenta; tanto en la individualidad como en la colectividad y que marca un obstáculo muy alto para la normalización de “el temido feminismo” (como así lo llamo) pero el feminismo no debería pretender ser normal o buscar la aceptación; porque atentaría cotra las virtudes que lo hicieron nacer, es más bien que el mundo entre en este aro en donde pueden existir muchos feminismos pero que al final convergen en el mismo ideal: Igualdad; pero ya no una Igualdad que se busque desde mismo uniforme de obrera o en la búsqueda de una urna para votar, o desde una piel ansiosa por amar democráticamente; el feminismo de hoy se debate en una lucha por la vida.

Escribí muchas veces feminismo. Se nos ha negado el derecho de amarnos, el de la libertad de sentir, no es posible que se nos niegue otro derecho más.

Rosario Jerez. (1991) Poeta feminista. Hermeneuta de la melancolía y romántica sin causa.