Por Guillermo Fernández

¡Ah, la música, es tantas cosas! El sonido del aire rasante sobre las olas y el picotazo del ave marina entrando en el mar. También el batir de sus alas cuando vuela hacia el horizonte con su pescado en el pico. Es, sin duda, un elemento aéreo que coquetea con las aguas y los misterios de lo húmedo. Un silbido de los mares y también de los bosques. Silbido y goteo en la montaña, en la negra arboleda tupida, envuelta por la bruma y plateada por la clara palidez de la luna. Elemento complejo de armonías y ritmos. La música es —¡vaya, eso es, finalmente nos lo parece!— el vientecillo de las emociones y de las pasiones. La música siempre atrapa y, a no ser por los sordos, no sabemos de nadie que escape de ella. Notas, tiempos y ritmos se combinan de innumerables maneras, de modo que ella, la música, sabe llegar a cada uno del modo en que lo necesita, o del modo en que lo quiere. ¡Y ahí está el peligro! No habría ninguno si siempre quisiéramos lo que necesitamos. Pero no es así. A veces queremos, precisamente, lo que hace más daño. Por eso la música es peligrosa. ¡Así lo es, y no exagero! Es peligrosa y como todo lo peligroso requiere conocimiento para su uso correcto. La música pone en marcha a las personas. Pero, ¿adónde?

Hablemos de la buena. Ella es fluir sonoro y transparente, sucesión de notas y tiempos que se separan y se unen a su ritmo, el ritmo de sus audibles intermitencias, dejando el alma admirada y en el corazón un gozo limpio, una serenidad pura y sublime que dispone a la acción. Al crecimiento. Ella es la música del genio. Acerca la mente al corazón y envuelve los números en la tibieza de nuestra sangre. Forma un lecho tibio de belleza geométrica. Un arrullo matemático. ¡Qué arpegios, qué tonos, qué transparencia de los sonidos que se amarran y se sueltan en el aire en el momento preciso, no antes, no después; que suenan al volumen que les corresponde, no más recio, tampoco más quedo; perfección en su punto, en cada punto, y a lo largo de toda su línea! Es la música que no pierde la figura. La que aprecian quienes saben ejercitar su alma.

La mala música, en cambio, es peligrosa. Si el intelecto no está formado, es capaz de echar a perder a quien la escucha, a quien se deja seducir por su voluptuosidad sonora que emociona, que apasiona, que pone en movimiento a gentes que no saben dónde están. Todo se vuelve movimiento, pero no hay timón. Los necios parecen disfrutar su danza macabra y sus horribles muecas. Esta música los empuja a liberar su condición animal al capricho de los más groseros impulsos. Gestos grotescos, contorsiones, ritmos frenéticos, alcohol… Todo se junta. También los aires, el calor, la humedad y las personas con el cerebro adormecido por el ruido de su orgía. La gente ocupa los rincones, su fuerza sin freno la empuja a buscar los rincones. Juegan entre sí. Empiezan con sus manos, las pegan contra sus pechos, las deslizan sobre sus muslos, juegan con sus bocas y la piel se les electriza. No hay marcha atrás, sólo les queda seguir el camino señalado por los sexos turgentes. Después, la música y los amigos se han ido. Quedan la soledad que sucede al orgasmo, ese vacío, y la posibilidad de seguir bajando en una mortífera espiral descendente. Quizás se piense que exageramos. Téngase la seguridad de que no es así. Lo cierto es que nos limitamos a apuntar los efectos que la mala música produce en los espíritus poco formados: pasiones sin timones.  Recién apuntamos un caso, el del desborde sexual. Lo hicimos porque es, quizás, el más notorio, aunque ciertamente no es el único cuando hablamos de los efectos de la mala música. Ésta puede hacer también otras cosas, como exacerbar la violencia, favorecer el odio, sumergir en la indolencia, embotar la inteligencia y hasta inducir al suicidio.

Como conclusión —lo decimos bastante convencidos— sacamos que el camino de la formación musical es el camino de la paulatina sensibilización del alma a los sonidos nobles. Un camino que requiere esfuerzo, contención, reflexión, paciencia y equilibrio, que exige un alto precio, pero cuya recompensa consiste en la sublimación máxima de nuestros mejores sentimientos. Creemos, también, que este camino vale la pena.