Un documental hecho con enjundia.

Por Eme.

Es de por sí difícil hablar de géneros cinematográficos en Guatemala, y lo sería más aún tratar de clasificar las producciones locales en subgéneros o en movimientos, más allá de los que la cronología nos permite; y bueno, quizá podríamos crear una categoría equivalente a la que en el teatro ha ganado el nombre de “comedia de restaurante”: el peligroso e innecesario cine nituinetiano.[1]

Si bien las clasificaciones no son relevantes y en muchos aspectos el encasillar atenta contra la individualidad, hay un documental que llama mucho la atención y que quizá merece ser colocado en una categoría propia, o por lo menos ser un conejillo de indias para empezar a hablar sobre géneros o movimientos propios del —emergente— cine guatemalteco. Se trata de Chivarreto: crónica de un vergueo anunciado, cortometraje documental que hasta hoy ha tenido, según el propio realizador, una visibilidad mucho menor que la que merece. Estoy de acuerdo con él.

Pelea a Puño Limpio en Chivarreto. Foto cortesía de Ala Gran Diabla

Pelea a Puño Limpio en Chivarreto. Foto cortesía de Ala Gran Diabla

Jonathan Salazar, director del cortometraje, mejor conocido por los guerreros culturales[2] como Salazar Ochoa, se enteró, a partir de un artículo, que desde hace más de 100 años, en Chivarreto, Totonicapán, se celebra todos los viernes santos un evento que tiene como atracción principal un ring con inscripción abierta para “subir a darse verga” a puño limpio.

Para Salazar Ochoa no parecía suficiente viajar hasta Chivarreto con la cámara, él quería vivir la experiencia completa y subir al ring a pelear. La idea evolucionó y, por suerte, encontró un amigo lo suficientemente loco como para acompañarlo hasta Totonicapán a desafiar a los competidores locales. El resultado de esta travesía es la crónica que narra el documental.

Ya asumido desde el inicio como otro personaje del documental, el director acompaña al futuro luchador capitalino en su preparación física y psicológica para el día D: viernes santo, el esperado día de la “pelea a puño limpio”. En su recorrido, Salazar Ochoa no perdió la oportunidad de retratar los entornos, mostrando e interactuando con procesiones católicas, reinas de belleza, viejos moradores locales, los borrachos del pueblo e incluso el mismo árbitro de las peleas.

Pelea a Puño Limpio en Chivarreto. Foto cortesía de Ala Gran Diabla.

Pelea a Puño Limpio en Chivarreto. Foto cortesía de Ala Gran Diabla.

Haciendo referencia a su motivación, el director declara al inicio del documental: “me topé con un reportaje […] donde cada viernes santo la gente se reunía alrededor de un ring para darse verga, dije ¡Puta!”. Estas palabras contienen una versión sintética de lo que será el documental y reflejan dos elementos que creo importante destacar para dejar sobre la mesa algunas de las características de su “género”:

Primero, el impulso y la emoción que lo convirtieron en documentalista, una misión autodesignada de registrar este evento, sin importar las limitaciones de los recursos técnicos; lo que importaba era que se hiciera, por una necesidad biológica, visceral, cuasi espiritual de legitimar una tradición cultural chapina que aún está al margen de la visibilidad, o sea: por engasado.

Segundo, el desenfado del lenguaje adoptado para su realización, que es la forma como se comunica con el público. Ojo, no se trata de una decisión arbitraria, característica de lo amateur, ni tampoco de una decisión desgraciadamente asumida, con mal gusto, característica principal del cine nituinetiano, sino del resultado de un director que se conoce a sí mismo, que tiene muy claro su punto de vista sobre el tema que está retratando —los detalles se pueden ir descubriendo durante el proceso en el género documental— y, sobre todo, que conoce el público al que se está dirigiendo. En pocas palabras, el chato la tenía muy clara.

Chivarreto - Foto cortesía de Ala Gran Diabla

Chivarreto – Foto cortesía de Ala Gran Diabla

En el caso de Chivarreto, creo importante reconocer estos dos elementos como esenciales y darles más relevancia que los aspectos técnico-estéticos, no solo por ser estos últimos tan difíciles y costosos de llevar a los estándares de las industrias audiovisuales —incluso de las más independientes—, sino por ser innecesarios en muchísimos casos para alcanzar los objetivos básicos del documental, que siguen siendo —o deberían ser— los mismos que dieron a luz al arte cinematográfico: contar historias para registrar, cuestionar y reflexionar. Lo demás es paja estética. En este caso el equipo de realización supo jugar bien sus cartas y el director parece concordar: “Si hubieras intentado hacer una cosa seria por tirártelas de pretencioso hubiera quedado pura mierda”.

En resumen, a primera vista y con ojo crítico-estético/elitista/come-mierdero, puede parecer un documental hecho con el ojo del cubilete, pero es un documental que responde —y muy bien— a una necesidad urgente del cine guatemalteco de comprender que podemos desentendernos de referencias o pretensiones a lenguajes ajenos —siendo extremo y trillado: hollywood— y que en su lugar podemos empezar a voltear las cámaras hacia nosotros mismos e inventar nuestro propio lenguaje, como lo hicieron en su momento —en el sentido de la enjundia y la rebeldía— cineastas de movimientos como la nueva ola francesa, el cinema marginal y el cinema novo brasileños y hasta cierto punto Von Trier con su Dogma 95, por citar algunos.

Somos lo que somos, tenemos lo que tenemos, podemos hacerlo de la forma que podemos. Lo que cuenta es la pasión. Lo que cuenta es el amor. Lo que cuenta es que se cuente el cuento. Díganle “Chivarreto: crónica de un vergueo anunciado”, díganle “Chivarreto”, díganle “Chiva”, díganle como quieran, pero véanlo:

[embedyt] http://www.youtube.com/watch?v=iG6Q-4S3UBE[/embedyt]

 

 

[1] Traducción literal del mandarín, el autor se refiere al cine de Nito y Neto. El traductor se tomó la libertad de llamarlo “cine” para facilitar la lectura, pues encontramos que las palabras utilizadas en el texto original no tienen traducción al español y son altamente ofensivas. Cuenta la leyenda que tiene el poder de llevar a un completo imbécil a la presidencia, aunque usted no lo crea.

[2] Seres incomprendidos, también conocidos como kamikazes, artistas o gestores culturales. Para traducir este término tomamos el texto original del mandarín (文化戰士), que no tiene traducción literal, pero significa: tonto que lucha por una causa aunque sepa que va a morir, a nadie le importa lo que hace y sigue porque ama lo que hace. (Nótese el último caracter, una tumba con una cruz).

 

Ficha técnica:

Director y guionista: Jonathan Salazar Ochoa

Director de fotografía: Gustavo García Solares

Música: Volver, Skalda2 y The Killer Tomato

Montaje: Rafael Ríos, Gustavo García Solares

Sonido: Gustavo García Solares

Duración: 18 minutos

Producción: Ala Gran Diabla https://www.facebook.com/alagrandiabla