La Membrana Semi-permeable: Auto-observación e Identidad /Por Alejandra Garavito
 
Por mucho tiempo la idea de los límites ha girado dentro de mi cavidad cerebral, no es un término que haya aplicado en mi vida muy constantemente. Nunca realmente tuve limitaciones impuestas durante mi adolescencia y la carga inamovible que les precede me hacía percibirlos como sólidos bloques monocromáticos que oponen un sí de un no, el blanco del negro, seguro de inseguro. En ese sentido, el mayor reto de mi vida adulta ha sido aprender a tener algún tipo de regulación personal para trazar líneas que se le asemejen y reconocer que los límites pierden su forma tenebrosa si son decididos. Pero también a disfrutar el borrar aquellos que sólo estorban la expansión de nuestra consciencia [1].
 
Hay veces que me gustaría creer la falsa dicotomía, creer en una división entre lo sostenido/elevado, cómodo, conocido; atravesando la vacuidad del espacio vacío, del punto cero. Transitando, para llegar a estar del lado de la caída libre, del abismo, la incertidumbre de la oscuridad. Enraizada a la tierra, contemplando la clara separación entre situaciones que necesitan de contrarios para reconocerse en existencia. A veces me gustaría creer… pero generalmente me enamora, el gris de la infinitud, del todo y la nada, expandidos dentro del mismo espacio, enhebrando las variables ¿Amar algo que duele? ¿El arriba de acuerdo a qué? ¿El cuerpo sabe/el cuerpo siente? ¿Dónde comienza el universo? ¿Dónde nos separamos bio-energéticamente tú y yo?
 
 
Años atrás conocí sobre la mantis marina, un crustáceo capaz de percibir 12 conos de recepción de color, cuatro veces más que los seres humanos [2]. Fue la primera vez que dude de ‘mi verdad’ sabiendo que podía sentarme junto a ella y ser incapaz de reconocer que experimentamos de maneras diferentes lo que esté frente nosotras. Acepte que mi biología sin piedad, me negaba esa vivencia y deseché esa información por mucho tiempo. No fue sino a hasta una noche en vísperas de año nuevo, que mi primera experiencia psicodélica develó a mi alrededor esa gama de tonalidades antes ilógicas, esas “percepciones subliminales” que Jung [3] nombra como el contenido aún no surge a la conciencia. Meses antes de esa noche, sentada por más de una hora en mi primer Adhitthana [4], las asunciones que tenía sobre las formas divisorias entre mis huesos, la carne, los gases terrestres por dentro y por fuera de ‘mi’, simplemente desaparecieron por parpadeantes instantes. Limit(less) [5] Alcanzar sin usar las manos.
 
 
Jason Silva [6] habla de las experiencias transformativas como experiencias de catarsis que suceden cuando nos rendimos, cuando difuminamos las barreras lo suficiente como para que algo suceda, para que algo se revele. Cuando diluimos las líneas divisorias, las posibilidades nos permiten soltar cualquier intento de aferrarnos a la eternidad, introducirnos en el cósmico inconcebible, indescriptible. No es fácil aceptar esto, aceptar saber/sentir más de lo que quiero hacerme responsable, porque cuando ya no hay límites, ya no hay excusas.
 
Me gusta rememorar las experiencias que han diseminado las preguntas para las búsquedas que ahora quiero explorar, doblando las delimitadas esquinas, encontrando más interrogantes después de tirar los dados. Estas búsquedas que me replantean constantemente las posibilidades de mi humanidad y dilatan los alcances de mi imaginación. Me repito “soltá las fantasías, (re)habitá el cuerpo, sentíte aquí, sentíte ahora”. Confiando y desconfiando, gozo de colocarme dentro, frente y/o alrededor de situaciones que requieren me replantee la realidad. ¿Cuál es la realidad, la mía, la de la mantis marina?
 
Improvisar es un buen punto de partida. Improvisar con el cuerpo, con los sonidos que salen por mi boca, improvisar con algunas decisiones de mi vida. Me seduce la idea de Lisa Nelson [7] al afirmar que improvisar asusta porque no sabemos lo que es, hasta qué sucede y ese es un espacio sin límites. El lugar donde ‘estar presente puede liberarte del obstáculo de lo nuevo’ [8], de la barrera, de lo impuesto, de lo que asusta de la rigidez. Aunque a veces al improvisar llego a lugares similares, repetitivos, automatizados; fluyen momentos cuando me traslado sobre una situación que no había sido descifrada por ese tiempo, espacio y Cuerpo: la invisible posibilidad de llegar a algún lugar, de existir en eso que no se ha develado.
 
Intentar malear los límites que mis sentidos consienten -a veces con suerte noto más de uno simultáneamente-, lo resguardo como un regalo de aprendizaje, de transgresión a la imagen antropocéntrica, de la sabelotodo -racional- dentro de mí. No siempre puedo sentir la cercanía de un límite mientras me acercó precipitadamente hacia éste, como el cuerpo que se amolda entre las superficies, entre las conmociones, entre las sensaciones. Así también puedo amoldarme a las fronteras trazadas y poco a poco empujar sus bordes, a mi ritmo, para probarme que existo más allá de donde me atrevo a asumirme, a jugar con las posibilidades de la realidad, a crear las propias.
 
Me encuentro fascinada por la idea de translimitar mi percepción humana y valoro que mis ideas/búsquedas no necesariamente aplican para todos los límites, ni para tod@s los seres. Reconocer mis carencias, mis necesidades y plantearme la pertinencia de trazar ciertos límites ha ayudado a identificarme, a legitimarme, a retomar control. Hay límites que he colocado sin notar, sin racionalizar, por intuición. Pero agradezco que mi identidad también es transitoria, que altera sus bordes con el paso de los años y las vivencias.
 
Frente a las tensiones que estiran los límites de la cordura, de la paciencia, de la población guatemalteca en este momento, es necesario replantearnos cuales son las reglas del juego, las normas impuestas; es preciso difuminar las líneas entre el Estado omnipotente y el pueblo sublevado, entre los intocables y los hundidos. Se vale empujar los bordes, las barreras, los barrotes. Se vale querer ver el horizonte alejarse al infinito, sin tope. Se vale existir en otro tipo de realidad.
 
[1] mía/tuya/nuestra
[2] Los seres humanos contamos con 3 conos o canales que nos permiten responder al color rojo, azul y verde. Con estos receptores logramos ver nuestro arcoíris de color.
[3] Jung, C. (2001) Los complejos y el inconsciente.
[4] Parte de la técnica de meditación Vipassanna
[5] Menos límites.
[6] Secret of Letting Go.
[7] Kartenbrunner, T. (1998) Contact Improvisation
[8] Chogyam Trungpa