Por: María Cardona / Centro de Formación-Sanación e Investigación Transpersonal Q’anil

Hace una semanas hubo nuevamente un desalojo de varias familias en la Aldea Chab’il Ch’oc, en Livingston, Izabal, por fuerzas de seguridad del Estado, esto, producto de la inmensa problemática agraria nunca solucionada en este país, sólo postergada, invisibilizada y tergiversada. Pero sobre todo porque atiende un modelo de vida instalado en la mayoría de países del mundo, un modelo basado en la dominación. Bastante lejano de nuestra ancestralidad que representaba, antes de todo este desorden, espacios libres de esclavitud, de sometimiento, donde lo sagrado de la vida era en correlación a todo lo existente; animales, personas, plantas, campos, etc.

Hace más de 6 mil años pasamos de la vida recolectora integral al sedentarismo, después al feudalismo, y luego a un sin fin de variaciones del sistema capitalista que divide a las personas entre ricas y pobres o sus variantes que sólo han hecho que esta división se agrande o disminuya para ambos grupos, millonarios y personas en la miseria. Donde el sometimiento no es solo sobre otras personas, sino también con la tierra, los animales y las plantas.

Hemos pasado de modelo en modelo y como objeto de laboratorio, probando cuál se ajusta mejor a los intereses de pocos. Nos hicieron creer por ejemplo que el liberalismo, era el modelo basado en el derecho a la libertad de los hombres, aunque la realidad es que era la libertad de algunos, muy pocos, por encima de las masas. Libertad que no incluía a las mujeres en ninguna de sus cápsulas, a las empresas en este sentido se les atribuye el derecho de la libertad sobre toda organización colectiva. He aquí porque se les ha permitido asesinar a líderes, o aniquilar movimientos sociales, pues bien lo dice; libertad sobre toda organización colectiva.

Luego vino el modelo “bienestar” y aquí mágicamente todo pasa nuevamente a manos del Estado, claro, después de la primera y segunda guerra mundial que trajeron más deudas, más miserias y un descontrol económico, era claro que quién podría salvar de esta crisis era el Estado, o sea el pueblo. Entonces el pueblo era el salvador y por esto se inventaron todo el espectáculo de la declaración de los derechos humanos. Se crearon en este período el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) aptos para que los países que estuvieron en guerra, pudieran hacer préstamos para su recuperación, endeudándose y quedando en manos de FMI y BM, o sea dependientes de estas grandes corporaciones que controlan el negocio de las deudas y los préstamos.

En Guatemala, estábamos en plena guerra interna, aún no salíamos de ésta cuando ya se estaba negociando todo el acaparamiento de los servicios públicos por parte de las empresas privadas, agregado a todo el despojo que nuevamente vivieron las comunidades indígenas de sus tierras durante y después del genocidio, esto fue más evidente con la llegada de la ficticia paz en el 96′ cuando en manos del ahora alcalde Arzú se conceden las posesiones del Estado a manos de empresarios, como Guatel que luego sería Telgua y posteriormente Claro o como pasó con la luz eléctrica, ahora grupo EPM, entre otras. Todas, privatización de servicios públicos, aún hoy vemos como se sigue apretando el cinturón del presupuesto de muchas instancias públicas como los hospitales o cómo hay menos acceso a la educación gratuita. A esto le llamamos democracia!?

Hoy nos vemos inmersos en un sistema capitalista, Guatemala en el 2017 tiene un saldo de US$8,344.9 de deuda pública externa [1], desde hace mucho pagando la deuda externa que jamás podremos cancelar, volviéndonos esclavos por decreto ante un pacto que busca solamente tener más a costa de los que tienen menos. ¿Quién nos preguntó si queríamos esto?

Para dar otro ejemplo, de 1982 al 2004, América Latina abonó 1.4 billones, lo que representa casi cinco veces su deuda original, pero aún debe alrededor de tres veces más [2].

Así entramos a la lista de países que deben hacer “Ajuste estructural”, que son las condiciones que debemos aceptar a cambio de recibir préstamos del BM y FMI. El ajuste estructural incluye: privatizar empresas y recursos, liberar la mano de obra, lo que significa fácil acceso a trabajadores sin derechos y bajos salarios, reducir y/o eliminar el papel regulador del Estado, quitar toda traba legal posible para las corporaciones, cero protección al mercado nacional/local y reducción del gasto público. ¿No sé quiénes están de acuerdo con esto, cuándo lo aceptamos?

Pero así, atravesamos el océano de injusticias liberales para meternos en el desierto del neoliberalismo todavía más voraz que el anterior. Con la firma del TLC (Tratado de Libre Comercio) y convenios anteriores a este como la UPOV 91, Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (en inglés, International Union for the Protection of New Varieties of Plants) o sea el derecho legal de quién transforma y modifica las plantas, vino una larga lista de imposiciones para países como el nuestro donde la conservación de las especies ha sido protegida por las comunidades indígenas. Nunca antes se había visto en la historia de la humanidad que una persona tuviera el derecho de hacerse dueño de las plantas, de patentarlas como propiedad. La última frontera que le falta a las corporaciones era adueñarse de la Vida, poseer y dominar las especies de la tierra.

Ahora hay en el país infinidad de corporaciones que operan como una persona legal, y su única obligación es con sus mismos accionistas, sin importar lo que pase con las demás personas o en el país, ni lo que éstas causen. Con el TLC las empresas transnacionales aumentaron, muchas devoraron en poco tiempo a las pequeñas empresas locales (véase el caso de supermercados paíz absorbida por Wal-Mart o la quiebra de bancos que resultó en la consolidación de algunos y la grandeza de Citi Bank), sin hablar de lo que causo con el comercio local, la decepción de agricultoras y agricultores por no poder competir contra las transnacionales que siguen exportando a países como Guatemala donde no tienen competencia, ni pagan aranceles.

Toda esta contextualización de los modelos corporativos de los que hemos sido objeto generaciones enteras, ha generado una completa resignación por parte de la mayoría de la sociedad, asumiendo una vida de esclavitud, las personas asustadas siguen trabajando en muchas de estas empresas, maquilas, call center, supermercados; en el campo, en los monocultivos de caña, palma africana, minerías, etc.;, naturalizando la opresión y las injusticias, volviéndonos individualistas, adoptando conductas que van de la mano con estos modelos; porque cada vez que tenemos el poder de elegir con lo que ha quedado de valor como intercambio, que es el dinero, apoyamos o no a este tipo de economía insostenible. Porque hasta que la ciudad no volteé su mirada en el campo, no nos liberaremos ambos.

“Elegir con cuidado los alimentos que uno consume es un acto de resistencia y un gesto de solidaridad con las agricultoras y agricultores que renuevan las semillas campesinas” [3].

No creo en el sistema, más sí en la desobediencia, ahora dudo de los derechos, porque creo que son parte de la artimaña para hacernos creer que tenemos libertades ¿Cómo puede ser la libertad algo impuesto?

Hace unos años formamos con un grupo de amigos un colectivo, nuestro sueño: formar comunidades agroecológicas, poder entregar tierra a los que les fueron despojadas, al principio parecía imposible ¿Cómo alguien sin tierra puede ayudar a otros en la misma situación? Pero entendí que las ideas humanas con objetivos de libertad siempre aún en este mundo desordenado, tienen un lugar. Es sorprendente hasta para nosotros, cómo durante nuestro camino hemos encontrado personas que tienen el privilegio de ser dueñas o dueños de espacios sin habitar, sin usar, dispuestos a ofrecerlo, poniéndonos en la interconexión, creyendo en un grupo de jóvenes sin mucha experiencia con la tierra, pero con grandes intenciones de contribuir a que esta problemática se vaya solucionando de a poco entre nosotros mismos, sin esperar nada del Estado.

Porque es claro que si estamos dónde estamos también es por la pasividad que nos otorgamos creyendo en los derechos y en el Estado, esperando a ver cuándo llega a la silla del poder alguien que pueda solucionar todo este caos. Sin reparar que todos tenemos el poder de decisión, de elegir de compartir y esto es bastante para comenzar hacer el cambio.

Todos podemos hacer algo más para generar la capa de protección que necesita la Tierra y sus habitantes. Yo vivo en un lugar fuera de la ciudad, en esta tierrita que no es mía en la calidad de propietaria, pues no tengo esos papeles, me atribuyo esta apropiación porque la tierra es de quien la trabaja, de quién la cuida y cultiva, de quién la pisa y de quién la protege, mientras la habite.

Aquí este contrato de propiedad no existe, aquí la palabra tiene el valor que hemos perdido en la ciudad donde todo acuerdo debe ser legitimado por terceros y por papeles que nadie entiende pues están hechos para eso, para no ser entendidos. Aquí me doy la autorización de sembrar y germinar cuanto quiera, sin licencia ni permisos firmados, sino viendo la luna y sus fases, al sol y su movimiento, acariciando la tierra, dándole la ternura y el cuidado para recuperarla de tanto olvido, de tanto desgaste, de tanta explotación, llenándola de múltiples materias, revalorizando la biodiversidad, para que cada vez nazca de ella más vida en libertad.

 

[1] Informe del Presidente del Banco de Guatemala ante el Congreso de la República, julio 2017.

[2]  “La dictadura del Capital”, Otros Mundos A.C “El Modelo Corporación-Nación”, San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México.

[3] Declaración del encuentro internacional “Siembra tu resistencia: las semillas campesinas para nutrir los pueblos”, 2015

Imagen tomada de: http://www.agrariamedicinaveterinaria.unipd.it/