¿Será que las palabras identifican una cultura? ¿Qué dirán de nosotros las nuestras? He aquí una pequeña reflexión de lo que decimos sin decir.

Por Pep Balcárcel

Decía Schopenhauer: “Todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad”. Y en efecto, tiene razón. Los países, al final de cuentas, son pedazos de tierra divididos por controles migratorios. Aunque también está claro que personas como Donald Trump no son capaces de ver esto y consideran que del otro lado de su soñado muro sólo existen violadores, estafadores y cuanto adjetivo calificativo, en tono negativo, pueda llegar a cruzarse por su ya poco lúcida cabeza. Pero esto tampoco significa que carezcan de identidad propia.

Entender el contexto de un país muchas veces puede ser difícil. Hay miles de situaciones, cotidianas y otras no tanto, que construyen diversas realidades. Parte importante de cada región es su forma de emplear el lenguaje. Un “pajero”, por ejemplo, en Guatemala, es una persona que miente; en otros lugares de hispanoamérica puede también referirse a alguien que tiene una intensa afición por masturbarse. Ridículo o no, una simple palabra puede resultar representativa para un lugar específico. Y también puede denotar la visión que se tiene respecto a la vida.

Viéndolo de esta forma, hay toda una gama de aspectos socioculturales en el uso del lenguaje, por mínimo que sea. No hay excepciones y algo muy valioso para los guatemaltecos son los chapinismos, expresiones características del país que llevó a la cárcel a Roxana Baldetti y Otto Pérez Molina, pero que el mismo año eligió a Jimmy Morales. Incluso es normal, en Antigua Guatemala, encontrar playeras que rezan “los guatemaltecos somos” acompañadas de ese montón de expresiones que nos convierten en “personas únicas”.

Identidad y cultura: al final sólo somos el reflejo de un colectivo que comparte un espacio de tierra muy parecido. Pero es aquello que nos vuelve “especiales” y que, de una forma u otra, por muy absurdo que parezca, también nos enorgullece.

De Guatemala puede decirse que tenemos una forma muy peculiar para expresarnos y, sobre todo, para insultar. “Andate a la mierda”, con una entonación grave, por tratar de “vos”, es algo que nos identifica. “Culero/a” contrasta con la misma palabra que, en México se utiliza para llamar a una persona miedosa o el “perezoso, que hace las cosas después de todos” del DRAE. Lo interesante de esto es que, en todas sus significaciones, el origen es la palabra “culo”.

También hay otros adjetivos despectivos que, además, demuestran ciertas particularidades no tan gratas de nuestra sociedad. “Hueco”, que en otros contextos se refiere a un agujero, aquí es una forma de llamar a un homosexual, también a un hombre femenino o asustadizo. Algo similar con el “indio”, utilizado de la forma más discriminativa posible y cuyo concepto está ligado a ver como inferior a la población indígena del país.

Hacer un recuento de los “insultos chapines” puede resultar interesante, pero, a su vez, nos demuestra que somos una sociedad machista, racista, clasista y homofóbica; cuatro adjetivos nada agradables, que reflejan el pensamiento de muchos guatemaltecos.

Al final de cuentas, el lenguaje representa en gran parte lo que somos, pero la globalización también ha hecho que usemos palabras de otros países, los más cercanos a nosotros, sobre todo. No será difícil, por ejemplo, escuchar que alguien llame “pinche” a otra persona, u otras expresiones de Centroamérica y México. Entonces podemos evitar convertirnos en esos cuatro adjetivos mencionados un párrafo atrás. Por otro lado, es algo contextual, que tiene mucho que ver con el ambiente en que crecimos, el que nos relacionamos y demás.

En 2014, la obsoleta Real Academia Española (RAE) incluyó en su Diccionario al menos 24 guatemaltequismos. Además, existen varias publicaciones sobre las palabras que usamos en este país centroamericano. Compilaciones que han buscado dar a conocer nuestra cultura idiomática.

Estos textos, generalmente, sólo abordan chapinismos como “cuate” o algunas frases comunes. Pero los insultos, que al final de cuentas son tan nuestros, los dejan a un lado.

Una de las palabras que más nos identifica es “cerote” o “serote”. Y es una de las más interesantes de nuestra cultura colectiva; empecemos por el hecho de sus dos grafías: algunas personas consideran que escribirla con “c” es incorrecto; “eso sería un cero muy grande”, es el argumento.

Para el Drae, por otro lado, su escritura correcta es “cerote”. El primer significado que aparece es el siguiente: “Mezcla de pez y cera, o de paz y aceite que usan los zapateros para encerar los hilos con que cosen el calzado”. También hace la referencia del “excremento sólido” como se concibe en Guatemala, Costa Rica, Nicaragua y El Salvador.

Su función puede variar: “Vos hacéte sho, cerote”, “Qué onda, cerote”, “Ese cerote es una mierda”; este último es el más curioso porque, viéndolo desde una perspectiva lingüística, se trata de una doble adjetivación. La palabra puede ser insulto o sinónimo de amigo, por ejemplo. Todo según quién y cómo le dé uso.

Sucede algo similar con “pizado”, distinto a “pisado”; es la forma en que llamamos a una persona, ya sea en tono despectivo o amistoso. También puede referirse a la dificultad de algo: “Está pizado el trabajo de la U” o cumplir con la función de verbo, sustituto de tener sexo: “anoche estuvimos pizando”. Otro de sus significados es hacerle mal a alguien, así como para referirse a un regaño: “Nos pizaron en el examen” o “Mis viejos me pizaron por salir”.

Los insultos guatemaltecos existen, pero conforme avance el tiempo, puede que se conviertan en nada más que insultos, sin el chapines. Ya veremos.

 

Pep Balcárcel

Pep es escritor con estudios en Lengua y Literatura. Ha publicado los libros Obelisco 65, Canto Esquizofrénico, Ángeles de Heroína y Los ojos de lo insano. Actualmente colabora con varios medios de comunicación y trabaja en una ONG.