Retrospectiva Encontrada del artista Luis Diaz Aldana fue recientemente inaugurada en la Galería 9.99 y el jueves 14 de enero se realizará una visita guiada por la obra, que abarca 50 años de trayectoria. La visita está programada para iniciar a las 10:30 a.m.

Luis Díaz se ha desempeñado en grabado, pintura, escultura, arquitectura y diseño industrial; lo cual le ha permitido experimentar con distintos lenguajes visuales.

La retrospectiva muestra el complejo trabajo de Luis Díaz quien es una de las figuras más prominentes del arte contemporáneo guatemalteco.
Su trabajo visual nos permite apreciar la mutabilidad de su estética para trabajar con distintas técnicas; y la consecuencia que ha tenido dicho quehacer artístico durante varias décadas. La muestra permanecerá abierta hasta el 16 de enero del presente año.

 

gal En 2011 publica “Memorias. Luis Díaz Aldana en primera persona” un libro dedicado a la observación de su obra de forma muy intima y personal.  De la cual surge un análisis por parte de Mario Roberto Morales compartido a continuación.

 

LUIS DÍAZ: EL CONTENIDO Y LAS FORMAS
(A propósito de su libro Memorias. Luis Díaz Aldana en persona.
Guatemala: Serviprensa Centroamericana, 2011)

Por Mario Roberto Morales

El libro de memorias de Luis Díaz que hoy nos ocupa tiene –dice su autor– la estructura de un árbol cuyo tronco está hecho de letras y cuyo ramaje abunda en obra plástica. También –me contó– quiso tener un agujero (entre práctico y sensual) en su extremo izquierdo (para que el lector pudiera llevarlo colgando), pero debido a contratiempos editoriales su autor tuvo que contentarse con dejarlo vistosamente impreso.

Lo cierto es que este libro es una especie de inventario artístico en el que el autor recorre su propia trayectoria plástica ordenándola cronológicamente e ilustrando así –para las generaciones futuras– su proceso de evolución estética. Este es sin duda un esfuerzo invaluable, sobre todo en estos dorados tiempos de ausencia de investigaciones culturales con criterio historicista.

Luis Díaz es, si no el más experimental de los pintores guatemaltecos del siglo XX y lo que va de este siglo, uno de los que con mayor entusiasmo se han atrevido a experimentar con formas y materiales aparentemente disímiles a lo largo de un sostenido intento de formular la propia identidad cultural por medio del arte. Y es en este sentido que deben juzgarse sus alternancias entre la pintura y la escultura por un lado, y la arquitectura y las llamadas artes menores y el diseño industrial, por el otro.

Como puede atestiguarse adentrándose en su libro, desde sus inicios Luis se vio atraído por la posibilidad de interpretar contenidos de la cultura popular de su país, en las claves de lo que quizá pudiera llamarse un abstraccionismo figurativo expresionista (con perdón de los críticos de arte). En otras palabras, por la posibilidad –realizada por Asturias en la literatura– de expresar el proceso histórico-cultural de Guatemala por medio de los recursos formales de la experimentación posvanguardista, tanto en el ámbito de la forma como en el de los materiales de soporte.

Como cualquier artista que respete la genuinidad de su expresión, Luis Díaz se vio envuelto en las polémicas estético-ideológicas del movimiento cultural de los años 70, una década que vio la renovación de las artes plásticas con el Grupo Vértebra, por un lado, y con artistas como Efraín Recinos, Margoth Fanjul y Luis Díaz, por el otro (sin el menor ánimo de ser exhaustivo en este listado de pintores); también, la renovación de la música, la poesía, el teatro y la novela. Aquel debate tenía que ver con la pertinencia o no del abstraccionismo como vehículo para expresar la realidad social, política y cultural nuestra, frente a un figurativismo también expresionista en el que la abstracción no hacía concesiones a lo que sus exponentes percibían como una suerte de decorativismo cromático y formalista cuando se referían a las formas geométricas y a la ausencia de la figura humana como centro de la composición pictórica.

La polémica no carecía de bases, a pesar de que en aquellos años tan ideologizados y polarizados por la guerra fría, se llevó a extremos sectarios que separaron a los artistas y también a los escritores. Y no carecía de bases porque ya es cosa sabida que, ante el auge de la plástica realista-crítica que se desarrolla después de las vanguardias, las instituciones de financiamiento corporativo a las artes en Estados Unidos impusieron la línea del abstraccionismo no figurativo como la expresión per se de la modernidad pictórica (y, ahora, de la posmodernidad plástica también, porque la línea sigue vigente), buscando convertir el ejercicio estético en una mera catarsis de coloridos y formas, y de acallar con ello el ejercicio del criterio mediante el arte en lo referido a problemas económicos, políticos y culturales.

Sin embargo, en el caso de Luis Díaz, esta acusación no es pertinente, porque –como podemos ver en las páginas de su libro– la experimentación formal y el recurso del abstraccionismo en su obra de ninguna manera niega la figurativización y mucho menos el abordaje frontal de las problemáticas políticas y culturales de su tiempo. Esto es particularmente visible en obras como “Motagua-Xequijel”, de 1973 (que ilustra la portada del libro), en el que la sangre de los rebeldes invade el azul de las aguas del río, tanto en 1524 como en 1973, denunciando con ello una historia dictatorial y represiva mediante formas que algunos quizá puedan considerar minimalistas, aunque no por eso menos efectivas en la conciencia del receptor.

Pero la dimensión de la obra de Luis no se agota ni mucho menos en la denuncia, sino que abarca la interpretación del pasado cultural en claves de la modernidad pictórica, asunto visible en obras como “El Gucumatz en persona”, de 1971, o “El quetzal en persona”, de 1984, e incluso “El maíz en llamas” (de su serie “Flamígeras”), de 1992 y “Libre al viento”, el mural de fachada del Edificio Torre Nova, del 2005. En todas estas obras hay un esfuerzo recurrente por interpretar la cultura y la identidad locales y sus problemas, mediante un lenguaje plástico desarrollado en las claves de la experimentación posvanguardista, como un grito irónico y a la vez dolorido acerca de nuestra anhelada y nunca alcanzada autonomía económica, política y cultural.

Parece que de esta manera puede expresarse, si no el núcleo estético-ideológico principal de la obra de Luis Díaz, sí uno de los ideologemas que animan la totalidad de su obra, en la cual todo espectador puede percibir una unidad, una coherencia y un cometido inequívocos, en medio de una enorme diversidad expresiva en materia formal, y de un experimentalismo obsesivo que expresa la intensidad de sus búsquedas y también la de sus hallazgos.

Dije al principio que el experimentalismo de Luis Díaz lo llevó no sólo por un recorrido a lo largo de los géneros de la plástica, sino también de los materiales de soporte. Y es en tal sentido que su obra transita de los óleos y acrílicos al bronce, la piedra y la madera, pasando por la chatarra, el concreto y el hierro, entre otros materiales. Sus grabados, instalaciones, mosaicos, carteles, murales, retablos y muebles acusan todos esta voluntad mencionada de expresar mediante formas planas y volúmenes de texturas que evocan objetos de la cotidianidad popular, las contradicciones culturales de su pueblo.

Mencionar más obras memorables de Luis Díaz sería ocioso, sobre todo en presencia de este extraordinario libro, por lo que no me resta sino invitar al público a adentrarse en él, sabiendo que incursiona en el recorrido biográfico-artístico de uno de los pintores latinoamericanos que mejor han expresado lo popular-local mediante formas plásticas de la más rigurosa contemporaneidad cosmopolita, abriendo con ello una brecha a través de la cual nuestro acervo local se cuela en la globalidad con un acento propio y por demás original.

Guatemala, 15 de marzo de 2012.

Luis Díaz Aldana

Fotografía cortesía de La Galería 9.99