Hoy se presenta la novela Once del escritor chileno Rodrigo Arenas Carter en el Estudio Sabartes a partir de las 19:00 horas. La novela ha sido publicada por la editorial guatemalteca “Alas de Barrilete”.

Rodrigo Arenas Carter nació en Santiago de Chile. Cuenta con una maestría en literatura inglesa y norteamericana obtenida en la Universidad de Playa Ancha, Chile. Fue editor del e-zine indie.cl y ha colaborado con diversos proyectos online.

Entre sus publicaciones destacan su primer libro de poesía, NYC30H, publicado el año 2010 en Ciudad de Nueva York y La Santa Trinidad 1: el Padre, publicado este año en la Ciudad de Guatemala.

Actualmente es co-editor de ediciones La Maleta Ilegal. También trabaja en actuación, presentando su trabajo en las ciudades de Nueva York, Guatemala, Lima, Panamá, y Santiago de Chile.

Sinopsis de la novela

El desierto chileno es el escenario ideal para la primera novela de Rodrigo Arenas Carter, repleta de personajes familiares y únicos, en la que un pre adolescente contempla además de un país un mundo al borde de la Guerra Atómica, mientras intenta aprender a ser adulto y crecer en dictadura. Los temores y la imaginación del personaje central se cruzan con los militares que asolan la ciudad luego que dos aviones cayeran sobre ella. Una urbe, una familia y la vida de un adolescente en ciernes se alteran luego de este incidente, generándose un clima mágico y de pesadilla a la vez. Es una historia que puede haber ocurrido bajo cualquiera de los regímenes autoritarios de los ochenta en Latinoamérica.

 

PRIMER CAPITULO

ONCE

Cuando era niño, dos aviones cayeron en el centro de la ciudad. Era un martes de septiembre, como cualquier otro martes de septiembre, igual que el próximo martes de septiembre que se aparece mientras termino de redactar esta línea. Quizás lo único especial es que era 11, un número que en esa época yo asociaba al dibujo de dos enormes edificios imponiéndose sobre el amplio desierto. Almorzábamos apresurados, porque mamá no nos iba a permitir perder nuestro récord de puntualidad, otra de sus obsesiones escolares. Sin embargo, no era sólo por eso que comíamos bajo un silencio de monje benedictino: en nuestra casa sólo hablábamos lo necesario, o lo indispensable, tal como si fuera una empresa con altos estándares de eficiencia. Generalmente, la única fuente de sonido era el televisor enchapado en madera y ubicado en el centro de la sala, un aparato que no cesaba en trasmitir noticias sobre los desencuentros entre Ronald Reagan y Yuri Andropov, en función doble de mediodía y de noche. Estaba a punto de empezar a comer el plátano con miel, cuando un ruido largo y seco pareció envolver la urbe, tal como el sonido de un camión repleto de sacos de harina volcándose en medio de la carretera. Recuerdo a mis padres asomándose por la ventana, mi hermana gritando qué pasa mamá, mi padre saliendo a la calle, el televisor cerrando lentamente su enorme boca gris brillante, mamá chequeando la llave maestra del gas, una nube de humo asomándose pocos kilómetros al sur, las bandadas de palomas aleteando hacia lo alto, mi hermana corriendo de un lado para otro, la comida enfriándose definitivamente, los gritos de la señora Elisabeth, y yo, aún sentado con el postre enfrente y la garganta congelada entre las manos. Mientra papá hablaba con los vecinos en la calle, intentando recabar cualquier información útil, mamá nos pedía que regresáramos a la mesa para continuar almorzando, como si nada fuera de lo usual estuviese ocurriendo. Creo que mamá pensaba que a los niños se les tenía que protegera toda costa, incluso si es que el horror de la incertidumbre inundaba todo el espacio que nos rodeaba.

Mi teoría inicial era que había caído la bomba atómica en nuestra ciudad, esa horas, mientras esperaba que salieras de la reunión de apoderados con la libreta azul en la mano y una citación al siquiatra en la otra debido a mis problemas de adaptación. Que injusto es todo esto, soy muy chico para morir así, pensé, aún quiero saber que sucederá mañana, pese a la corbata de la escuela que me apretaba y pese a mis sábados solitarios perdido entre la música de la radio y el espionaje a los niños del barrio. Imaginaba que la vida era como un camino largo e inexplorado que me conduciría lejos del desierto, ese mismo desierto en el cuál los niños etíopes se transformaban en esqueletos, con sus ojos hinchados y los pulmones asomándose entre las costillas, mientras los tramoyistas de la televisión los rodeaban con luces de colores y humo artificial.

Papá decidió ir a escuchar la radio adentro del Wolkswagen. Cayó un avión en el centro de nuestra ciudad, repito, un avión de Eastern Airlaines se ha estrellado en el centro de la ciudad, destruyendo el recientemente inaugurado Ampuero Shopping Center y afectando a otros edificios aledaños, ésta es una emergencia, por favor, diríjase al refugio antiaéreo más cercano, repito, esto no es un simulacro, dijo mi padre intentando repetir el mensaje radial de manera exacta, incluso bajando una octava para imitar a la perfección la voz del locutor.

Mamá dijo que son cosas que pasan, que no podemos hacer nada, que dios nos guarde y la virgen y los santos y los ángeles y los beatos y los querubines y todo ese cielo que se caía a pedazos y nos sacó a la calle y se puso a rezar de rodillas junto a la vecina Elisabeth Forster, hasta que mi papá apareció con el auto para llevarnos al refugio. Al tiempo que observaba por el vidrio trasero del Escarabajo cómo la casa se achicaba más y más, me daba vueltas por la cabeza una frase de Einstein que quizás había escuchado o leído en alguna parte: no sé que tipo de armas usarán en la Tercera Guerra Mundial, pero para la Cuarta ocuparán palos y piedras.

Cuando el auto daba vuelta a la zona clausurada de la línea del tren, esa enigmática área que estaba rodeada por un enorme muro desde tiempos inmemoriales, lo vimos pasar. Apareció desde el otro lado de la cordillera, descubriéndose sobre el cielo como una lenta línea recta y dejando a su paso una estela de chorro, como si quisiera estampar para siempre su trayectoria sobre la nublada tarde desértica. Se dirigió certero y eficaz hacia la coordenada (0,0) de la ciudad, sobre la que se localizaba el nuevo centro comercial rodeado de la catedral, los bancos, y los edificios estatales. Voló tan bajo que distinguimos claramente las letras que decoraban el fuselaje: Pan Am. Podía imaginarme a los pasajeros entrando en pánico rodeados de los cócteles y las langostas que flotaban desordenadamente dentro de la cabina, al igual que el papel picado multicolor que tiraban los estudiantes por la calle durante sus celebraciones anuales. Y cuando logró su cometido, explotaron millones de fuegos artificiales, generosos en atosigar la ciudad con una delgada e intangible capa de azufre, mientras un grito era emitido desde un lugar desconocido. Claramente, con este segundo choque, las sospechas de que esto no fuera un accidente, sino el inicio del fin del mundo, aumentaron. Logramos entrar al refugio, con militares inexpresivos como anfitriones y repleto de personas silenciadas por la angustia, que observaban con vergüenza ajena como mi madre volvía a arrodillarse para rezar el rosario a la espera que el cielo se abriera como un cierre zipper y que la terrible mano de dios se asomara a través de él llevándonos a un lugar que, definitivamente, no deseaba conocer.