El trabajo de Tania Hernández se puede considerar una lectura organizada por el grupo “Literatas que dan lata” y sus relatos muchas veces pueden resultar hilarantes o incluso eróticos. Tania comenzó a escribir como profesión en 2005, ya que desde niña lo había intentado pero no tenía ideas claras de cómo hacerlo. Ese año la escritura sirvió a Tania como un medio de comunicación con el chico que le gustaba y también con personas que vivían del otro lado del océano, ya que actualmente reside en Alemania. “Soy una persona muy introvertida y escribir me ayuda a salir y sobrevivir en un mundo que muchas veces me parece inhóspito”, confiesa la escritora.

Tania Hernández ha colaborado en múltiples proyectos literarios. Entre sus favoritos, menciona su participación en el libro de micro cuentos Brevísimos Dinosaurios, editado por el Centro Cultural de España en Guatemala. Posteriormente colaboró en el blog/proyecto Martesadas, que estuvo a cargo de Juan Miguel Arrivillaga y Lucía Escobar, como parte del proyecto Ati, el cual le cambió su forma de escribir, porque le ayudó a tener cierta constancia e intercambiar opiniones con otras personas que escriben en Guatemala.

También ha sido parte de “Literatas que dan lata”, que surgió a partir de una feria del libro dedicada a mujeres, pero en la cual se habían invitado a muy pocas escritoras. Tania hace algunas observaciones sobre esa agrupación: “Surgió como un grupo heterogéneo, que se convirtió en una plataforma a partir de la cual escritoras guatemaltecas (y una salvadoreña) pueden plantear ideas y organizar proyectos en común. La idea es de tener un grupo horizontal, sin jerarquías, heterogéneo y diverso, en el que coincidieran “consagradas” y “novísimas”, y que trascienda a los grupos cerrados que existen la escena literaria guatemalteca. Que no fuera algo como “yo y mi grupito”, sino que simplemente se planteara una idea y cualquiera pudiera participar. Todavía existe, aunque varían las participantes y ocasionalmente se integran hombres. Por eso estoy evaluando si replanteamos el grupo con unos cuantos y tomamos el formato pero con otra constelación”.

Aparte de la literatura, Tania Hernández tiene una fascinación por el cine y comenta que su mejor amiga le dice que es “forofa del cine”, lo cual ella considera que es una mezcla de cinéfila y friki del cine. Eso la ha motivado a coorganizar desde hace dos años un Festival de Cine Latinoamericano.

Se le consultó de cineastas que han influenciado sus trabajo y ella considera que es difícil escoger uno en específico pero entre quienes más le han influenciado figuran Miranda July, por su humor erótico; Haneke, por su forma de hacer indigerible la violencia; Almodóvar, por la forma en que ve la diversidad creando espacios en donde esta no es excepción sino norma; Lucía Puenzo, Lars Von Trier, Woody Allen (por su nonsense), entre otros.

 

Algunos cuentos de Tania Hernández:

Deudas

El ventilador aún gira cuando entro en la habitación del hotel. La cama desordenada denota una noche sin sueño. Lo he despojado de todo lo que algún día le di. También de sus pesadillas. Saco el cuchillo, me hago un corte en la mano y dejo una huella de sangre sobre las sábanas. Mi sangre, que también es su sangre, es mi tarjeta de visita. Quiero que sepa que lo encontré (instinto de madre) y que esta vez vengo a cobrarle la vida.

 

Suerte en el amor

A estas alturas de la vida, Doña Marta llega al amor como llega la gente a los mítines políticos en época del neuromarketing: más que por convicción, para ver si se gana algo. Y no le ha ido tan mal, en lo que va del año ha conseguido: un beso apasionado, un agarrón de más de diez minutos en un motel de lujo y uno que otro poema erótico. Nada de gran valor, pero al menos mucho mejor que la sífilis que se sacó su ex-marido el día en que se dejaron y que fue a llorarla a un hotelito que queda a dos cuadras de su oficina, al lado del Casino.

 

Historias de Ángeles

Voy a visitarlo al hospital. Jorge me saluda con una sonrisa y me cuenta historias de ángeles que realizan rituales líricos de media noche. — Son sólo los síntomas de la enfermedad —me dice el médico en voz baja. Me hubiera gustado conocerlo en Puebla, en su mejor época, cuando compartía con mi padre exilio y creación poética. Un crítico lo describió entonces como un hombre derecho con una cierta severidad en la mirada; de ese hombre no queda más que la sombra. No hace falta mucha fantasía para adivinar, en lo pálido de su piel y sus profundas ojeras, al vampiro de alcohol que le succiona la vida.

Alguien encontró mi número en su agenda telefónica. Creyeron que la inscripción “mi hijo” determinaba una relación de consanguinidad entre nosotros y me llamaron. Puedo imaginar a mi padre escribiéndolo allí, antes de volver a Guatemala, días antes de que lo mataran. Fue Jorge el que me llamó entonces para darme la mala noticia. Nos escribimos durante años. Varias veces me invitó a que lo visitara en México, pero, por una u otra razón, fui posponiendo mi viaje. Esa manía que tenemos de creer que la vida tiene cualidades elásticas. No pude o no quise intuir sus desesperados intentos por matar la tristeza a puro veneno etílico.

Me hace una señal para que me acerque. — Recuerdo que soñé contigo en el mar ― me susurra al oído para que el médico no lo oiga, ― un ángel con tu imagen me alegraba el día. — No sé mucho de su vida amorosa. No sé si tuvo otros amantes, antes o después de Puebla, pero, en este momento, quiero creer que en esa frase, fragmento de uno de sus poemas más conocidos, hablaba de mi padre.