Ser mujer desempleada y feminista en Guatemala
Es lunes son las 07:30, he comprado uno de los diarios de “mayor circulación” en el país. Para mi profesión los clasificados enuncian entre sus requisitos palabras como: “cristiana” y en el peor de los casos “dulce y cariñosa”. Mi nombre es Gabriela Hernández tengo 26 años, soy feminista, formada como Maestra de Educación Primaria en una institución católica, me gradué hace 7 años, hice estudios para ser Educadora Especial en la Universidad y a decir verdad, quería ser periodista pero ya saben, esas fotos en las que una pretende agradar a todo el que le rodea, menos a una misma.
 
He tenido dos trabajos formales y algunos temporales, en la primera ocasión me quise reivindicar como “millennial” y renuncié, la razón; llevaba casi 5 años ganando un salario muy bajo, cuando por desgracia vi la planilla y muchos de mis compañeros ganaban un salario mínimo por la misma jornada de trabajo, en el segundo me despidieron puedo decir que de una forma más justa y más diplomática por así decirlo, aunque digamos que muy inoportuna para mi realidad, sin embargo sé lo que sigue después de la noticia: el luto con los compañeros y levantarse tarde el día siguiente para empezar una intensa batalla que no dudo que fuera más sencilla sin el sello feminista.
 
“De lo que sea”
 
La primera frase cargada con desesperanza es trabajar “de lo que sea” porque es innegable que a pesar de tener formación universitaria tampoco es una tarea fácil para quienes tienen un cartón como solemos decir, los meses transcurren y el teléfono no suena jamás, las páginas en las que se puede aplicar a “ofertas laborales” por lo regular, saturan nuestro buzón del e­mail de spam y lograr concretar una entrevista, es épico.
 
Todos sabíamos que siendo maestra me iba morir de hambre ¿Pero maestra y feminista? Tal vez en una sola ocasión fui ovacionada por tal mérito pero en una ocasión en una entrevista para aplicar como educadora sin darme cuenta resulté hablando sobre si era de Derecha, Izquierda o Centro y si existía entres mis aspiraciones, la posibilidad de formar parte de un sindicato; para ese momento, yo ya sabía que la entrevista y el resultar seleccionada ya no eran mis prioridades, sí que me dispuse a enfrentar la charla y a describir el panorama político de manera precisa en aquel entonces.
 
Otro de los efectos que se evidencian y repercute en nuestra rutina y en los espacios laborales, son las doctrinas que la vieja escuela nos impuso en las aulas y aunque no tan vieja, hay un abismo extraño en el que pareciera que nos enseñó a soñar, pero no a sobrevivir tal vez sin un fin tan malvado, pero así como nuestras madres no fueron capaces de desmitificar el amor, nuestros maestros no hablaron precisamente de la verdadera realidad, se encargaron nada más de revisar nuestros utópicos y románticos proyectos de vida y en los casos más religiosos, el hablarnos de esa misión que teníamos en la vida, la cual deberíamos cumplir, mendigando un salario mínimo; no será esa la razón por la que lxs mal llamadxs millennials nos vemos un día, tras un escritorio, diciendo: “esto no es lo que yo quería” y redactando una carta a lapicero con un montón de rabia, para unos días después, volver al aro y jubilarnos del arte, la poesía, la música y hasta de la Historia.
 
Pero el verdadero problema para una, es llegar con una Hoja de Vida llena de créditos o experiencias con sello feminista y qué hacer si es lo que he logrado antes de llegar a los 30, luego de abandonar la Universidad y con una casa que sostener ¿Por qué se supone que debería ocultar lo aprendido? Y entregar una una sola página. Para nadie es un secreto la amplia gama de estereotipos con los que las feministas somos juzgadas, señaladas y discriminadas, pero al rato de eso, nos justificamos con un: “hay muchos feminismos.”
 
Otro de los retos para optar por un empleo y que pareciera insignificante, estando muy lejos del tema de la edad, las capacidades, la formación,la experiencia o incluso la apariencia; es la trampa de las influencias, los contactos, las recomendaciones o empleando un lenguaje más burdo: “el cuello”, desde luego que es necesaria la confiabilidad en un empleo sin embargo a cuántas personas con verdaderas convicciones y capacidades se le niega una oportunidad todos los días en algún lugar del mundo por alguien que llegó a la empresa con una recomendación pero tal vez con pendientes con la ley o con nula experiencia, desde luego que con necesidad de trabajar para subsistir. Obtener un empleo podría ser más sencillo con una Hoja de Vida de una sola página pero sería obviarme una vez más y cobrar por ser feminista, no me resuelta muy coherente.
 
Los ambientes laborales suelen ser hostiles e inhóspitos entre jornadas, salarios miserables, explotación, el patrón, chismes, sueños archivados y la desvalorización de la persona y su dignidad. Son miles de retos los que a diario enfrentamos; las fuentes de empleo escasean cada día más, mientras que más de alguien a tu lado en el bus o en el sufrido tráfico, anhela que el camino sea eterno para no llegar a la oficina o que el lunes jamás regrese, para que la vida no se nos deteriore entre trabajo, la almohada, el tráfico, el bus y el tormento de un montón de sueños escritos, sin cumplir.
 
El problema es vivir con la convicción de que el cambio no es posible y de que no nos podemos apoyar lxs unxs a lxs otrxs con una sonrisa pero también cuestionando, propiciando espacios, promoviendo oportunidades, talentos y teniendo fe en lxs que caminan a nuestro lado.
 
Mañana será otro día, para aplicar.
 
Rosario Jerez. (1991) Poeta feminista. Hermeneuta de la melancolía y romántica sin causa.